
Por su parte, la industria de la telenovela ha echado mano, desde sus inicios, de historias clásicas de la literatura que, al ser adaptadas para la pantalla de televisión, pierden su esencia y se convierten en historias al servicio de las necesidades comerciales de los productores del género.
Sin embargo, de vez en cuando son presentados productos que destacan por su distinta manufactura. Televisa alguna vez sorprendió (o se sorprendió) con Cuna de Lobos, melodrama de Carlos Olmos, complejo dramaturgo que aquí construyó una densa historia que pesó aún más gracias a su espléndido reparto.
Eso fue en los años 80. Ya después, ha sido TV Azteca la televisora que, en materia de telenovelas, ha intentado presentar historias diferentes. El botón más representativo es quizá Mirada de Mujer, serie que puso a mujeres y hombres de todas edades a seguir la vida de una guapa madura que se liga a joven inmaduro.
Una década después llega una telenovela que, sin levantar la parafernalia de la ya mencionada, cumple con la función de entretenimiento casero, pero valiéndose de una trama bien llevada y el buen desempeño de su reparto, además de una cuidada producción.
Montecristo es la muy libre adaptación de TV Azteca a la célebre novela de Dumás. Aquí, Santiago, hijo de un juez intachable, regresa a México luego de diez años de estar en una prisión en Marruecos, para vengarse de quienes lo encarcelaron, mataron a su padre y se agenciaron a Laura, su prenda amada.
Aunque se vale del abuso de sentimentalismos y licencias espaciales y temporales propios del género, la telenovela se sostiene gracias a su trama de traición y venganza que se complementa con el tema del tráfico de niños y se redondea con intensas relaciones amistosas, amorosas y sexuales.

Estrenada el año pasado y próxima a llegar a su fin, Montecristo es la carta fuerte de la empresa que apostó, para encabezar el elenco, a la fuerte presencia del argentino Diego Oliveira, quien cumple cabalmente como el vengativo y apasionado héroe, Santiago.
La hermosa Silvia Navarro, la heroína Laura, demuestra que en algo ha servido su paso por la escena teatral; se antoja que siga por ese camino y que no se quede sólo con las bondades de la t.v, como le pasa a Omar Germenos, aunque no esté tan mal en el papel del traicionero Marcos.
Del amplio elenco de soporte es preciso destacar a María René Prudencio, tan bella e inteligente como su personaje, Victoria, cortejada por el dandi León, un muy grato Víctor Hugo Martín. A su lado, Luis Felipe Tovar explora con tino un rol distinto a los que suele hacer.
René Gatica es un eficaz apoyo como el Padre Pedro, Leticia Huijara una delicia como la falsamente superficial Lola, Carmen Delgado transmite la infelicidad de Helena y Álvaro Guerrero se despacha con la cuchara grande en el papel del siniestro Leandro.
El punto más alto de ésta serie, a nivel de personajes y actores, lo forman Julieta Egurrola, como la fiel Sara, Margarita Sanz, la atormentada Leticia y, por supuesto, la raíz de todos los males de Montecristo, el perverso Alberto Lombardo, que encarna estupendamente en la recia figura de Fernando Luján.
No es una obra de arte. Montecristo es, simplemente, una telenovela que al separarse un poco de las reglas del género, permite que éste se renueve y que convivan, en pro del mero entretenimiento televisivo, una producción de calidad, una historia digna y un reparto de actores, que no estrellitas.