
I Todo pueblo tiene sus propias grandes tragedias. Esa parece ser la premisa en la que se basa la presentación en los escenarios mexicanos de un texto escrito por un dramaturgo estadounidense, que hace marcadas referencias al terrorismo acaecido en Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, las cuáles sustentan la acción de sus dos personajes.
La obra Salvación (The Mercy Seat), estrenada en Nueva York en 2002, fue la primera obra en la escena neoyorkina en tratar esa temática. Pero lejos de abordarla desde el fácil patriotismo, el autor prefirió explorar la catástofe interna de dos seres humanos, enmarcada dentro de una catástrofe de dimensiones mundiales que, a su vez, permite conocer las dimensiones de un hombre y una mujer que, como los edificios gemelos, estallan frente a la vista del espectador atónito.
Así, mientras en la televisión no cesan de transmitirse las imágenes de ese caótico día, Ben, sentado, enmudecido, absorto, no se decide a contestar un celular que suena insistentemente, mientras Abby le reclama su estadio de apatía. Cuando por fin Ben habla, inicia una discusión entre estos seres, que ante el mundo son jefa y empleado, pero en la intimidad son amantes, envueltos en un juego de engaños y desengaños, poder y servidumbre, pasión e inconformidad. Apariencias.
En la calle, la gente busca a los seres queridos que probablemente se encuentran entre los escombros, hace compras de pánico, busca escapar de la tragedia mundial, de su tragedia personal. En el departamento de ella, él busca escapar de la responsabilidad de llevar una familia y ocultar una amante; ella busca que él le diga que la ama, que la mire a los ojos cuando hablan, cuando fornican. Ella lo domina en la vida cotidiana; él la domina en la cama.

El mundo busca salvarse del terrorismo. Ambos buscan también la salvación. Salvarse el uno del otro. Salvarse de sí mismos. Del egoísmo que los corroe. Del amor que rechazan. De sus propias decisiones. De las explicaciones a los otros. Del terrorismo a menor escala que entre ellos se imponen. En la búsqueda por esa salvación, se encuentran a ellos mismos, lo cuál no les resulta del todo placentero, pero quizá los acerca al objetivo, aunque quizá no se den cuenta de eso.
II
Algo por el estilo es lo que se puede observar en las dos horas que dura esta puesta en escena, dirigida por Jorge A. Vargas, cuyo tratamiento permite, precisamente, apreciar la lucha de esos dos seres humanos por ocultar sus verdaderos sentimientos, con tal de seguir con el juego de las apariencias, con el falso bienestar que vende la cultura estadounidense, cuya fragilidad sale a relucir, justamente, en esos momentos de desastre.
Ante un texto denso, complejo, preciso representante de la dramaturgia estadounidense moderna, Vargas contó con la presencia de dos actores cuya sólida formación teatral y escasa participación en medios electrónicos, les permite el rigor requerido para crear a sus personajes.
Ben es un egoísta, que ama y odia el dominio de Abby, pero se refugia en sus faldas-pantalones para lograr su salvación. Complejo personaje, al que Ari Brickman le presta su talento y expresividad facial y corporal, además de su juventud y apostura, que le confieren un cierto encanto a ese hombre en plena devastación. A pesar de ser joven, Brickman se está consolidando como un actor maduro, gracias a un repertorio de obras de similar densidad, como Devastados y Ansia, de Sarah Kane.
Y Abby, esa mujer poderosa, orgullosa de su dominio ante su empleado y amante, frustrada por no ver más que su tapete persa cuando él la penetra, temerosa de perder todo lo que ha ganado profesionalmente, harta de la dureza impostada, esa mujer, es interpretada por una Laura Almela, quien demuestra el porqué es una de las figuras más constantes y reconocidas de la escena mexicana. Al talento y ductilidad de esta versátil actriz, les complementa una fina belleza, cautivadora.
Ambos forman una pareja intensa, que, paradójicamente, se salva ante el difícil reto que implica no sólo el texto, sino que sea éste el elegido para presentar oficialmente el Proyecto Xola.
III
El Proyecto Xola es una propuesta que consiste en presentar obras de diversos dramaturgos contemporáneos, de diversas nacionalidades, bajo la batuta de directores prestigiados y actores de amplio reconocimiento en el àmbito teatral. La primera temporada, que va de mayo de 2006 a abril de 2007, abarca cuatro puestas en escena que se presentarán por espacio de tres meses.
La primera obra es la que se ha comentado en los párrafos anteriores. En agosto subirá el telón para Tu ternura Molotov, del venezolano Gustavo Ott, dirigida por Martín Acosta y actuada por Arcelia Ramírez y Julio Bracho. La habitación azul, del inglés David Hare, espera tener el mismo éxito que tuvo en Londres, cuando se estrene en octubre, con la participación de Verónica Merchant y Demián Bichir, bajo la batuta de Mauricio García Lozano.
Será hasta febrero del próximo año cuando la efectiva pareja televisiva que forman Angélica Aragón y Fernando Luján, demuestre que su raíz de primeros actores está en el teatro. Ellos escenificarán Pequeños crímenes conyugales, del francés Eric-Emmanuel Schmitt. Estos señores se atenerán a las órdenes del maestro Luis de Tavira. El objetivo es que éstas obras, con éstos equipos, hagan que el público mexicano regrese a ocupar las salas teatrales, en este caso, la del Teatro Julio Prieto.
Si a la difusión del proyecto se le da continuidad, si se aplican descuentos en el precio de los caros boletos ($250, $200 y $150), y si la calidad de las obras es como la de la puesta en escena de Salvación, entonces es probable que el Proyecto Xola sea un feliz contribuyente a ese retorno del público al teatro como forma, no sólo de entretenimiento, sino de reflexión sobre su propia condición de seres humanos.