Repentinamente, las calles aledañas al Metro Copilco se llenaron de espíritu universitario, brotaban de todas las salidas de Ciudad Universitaria, cientos de cuerpos que se aglutinaban en el mismo lugar al mismo tiempo, sólo se dejaban ir sin sentir el dolor de los empujones y pisotones.
Esas jóvenes almas se unirían más tarde a los campesinos rebeldes de San Salvador Atenco para defender los derechos del pueblo. “Ya estamos hartos de tantas injusticias. La impunidad no puede seguir” opinó Francisco Reséndiz Ortega, uno de los organizadores de marchantes.
Los uniformados azules estaban agrupados y atentos para observar cada uno de los movimientos de los jóvenes. Cualquier mirada extraña o alguna señal les serviría para frenar a tiempo un disturbio o algún conflicto, mientras, los chicos trataban de apresurarse entre el mar de gente.
La marcha saldría de la Secretaría de Gobernación a las cuatro de la tarde, y sólo faltaban cinco minutos para que la manecilla grande llegara a su destino, y los universitarios seguían luchando por entrar en los estrechos accesos del Metro y sortear los interrogatorios y revisiones de los policías.
Las mantas manchadas con gotas rojas comenzaban a desenrollarse para gritar en silencio su repudio por las represiones que el gobierno realizó contra el pueblo que sólo ejerció su derecho de expresión libre y pacíficamente.
Humanos ondeaban con fuerza sus banderines para exigir la libertad de los presos políticos; la entrega en buen estado de los desaparecidos, y el cese de la violencia de los granaderos hacia los ciudadanos.
Los rostros universitarios estaban serios. Las facciones duras se acentuaban con unas bandas negras que se amarraban en la frente para diferenciarse. La mayoría portaba alguna prenda negra y algo que les tapara el cabello: una sudadera con capucha, una gorra o un sombrero.
Las constantes chispas de agua provenientes del cielo mojaban las ropas de los marchantes pero no aguaban su ánimo; algunos venían disfrazados con guantes blancos en las manos, antifaces y machetes de plástico ensangrentados, aludiendo a la brutalidad policíaca con la que se reprimieron los sucesos en San Salvador Atenco.
Mientras los uniformados azules les revisaban sus mochilas y las mantas, ellos se ponían al centro, como declamadores, para informarles a todos los usuarios del metro lo que pasa: “los de Atenco no son criminales, debemos ponerle un alto a la represión y no hacer caso a las mentiras de Televisa y TV Azteca”.
Los panfletos que repartían rápidamente, por el apremio del tiempo, demostraban en cada una de sus líneas el coraje que tenía gran parte de ellos en contra del actuar de los poderosos: “no a la represión brutal de los policías en contra de los defensores del pueblo”.
Una mujer muy bajita, con un antifaz de terciopelo negro y ropa blanca, portaba una gran pistola de cartón, giraba con rapidez su cuerpo apuntando a las personas que estaban en las cornisas de los establecimientos guareciéndose de la lluvia, y les disparaba ficticiamente.
Un joven con guantes negros y una capucha morada se acercaba a la gente que miraba toda la movilización un tanto temerosa y les decía “los medios de comunicación difaman a los de Atenco, ellos sólo quieren defender a su gente y sus tierras, pero el gobierno se ha ensañado con ellos por no dejarlos construir su aeropuerto que no les traerá ningún beneficio a los pobladores”.
Ricardo Gómez Becerra decía “esta marcha va por todo, queremos hacerle ver al pueblo que no debe seguirles el juego a los dirigentes de los tres principales partidos políticos, que se debe exigir el castigo para los responsables de los sucesos en la mina de Pasta de Conchos y la disolución de mafias sindicales”.
Un grupo de 20 jóvenes empezó a gritar adentro del andén: “Vamos pueblo debemos ponerle un alto al gobierno represor y negligente, si nos tardamos más tal vez sea demasiado tarde. Vengan y apoyemos a nuestros compatriotas”.
Así como se juntaron, con esa misma rapidez, los jóvenes se dispersaron para llegar a la cita con la que se habían comprometido, marcharían hasta Los Pinos, con la finalidad de unir individuos en una misma causa y juntar sus voces para esperar por fin una respuesta satisfactoria, la que hasta hoy, no se ha logrado conseguir.