Él se entrega a ellos, de una manera en que pocos lo hacen; paciente y desahogado, a pesar del peso y los espasmos.
“¡Mil cadenas habrá que romper. Venceremos, venceremos...!”
Las voces lo esconden; lo marginan. No se logra encontrar a sí mismo a través de las cadenas de cuerpos emergentes de los rincones. En cualquier momento podría estallar, pero sigue aguantando.
Dentro, muy dentro de él, la congestión de almas lo hacen escupir unas cuantas palabras: “¡Migrante, hermano, el país te da la mano!” Atestado, parece estar muriendo entre tanta vida; cede sus entrañas y entonces, todos ellos se aprovechan. El Zócalo se vence, abre una vez más, sus brazos a las masas.
Vienen del Monumento a la Revolución Mexicana, José María Izazaga, Eje Central Lázaro Cárdenas y la calle de Tacuba.
“¡Fuera Salazar!”, la petición rompe con la música de repente, la desmantela; mientras, por la calle de Madero sobresalen pancartas: “Fox, te salió cara la factura de tus amigochos”, y los rostros simulan estar en medio de una lucha, una lucha por ver cuál de los dirigentes habla primero; quién dice más; quién los apoya.
Desde la tumba, Marx, Engels, Lenin y Stalin aparecen revueltos con la gente; colgados de las esquinas del palco de los oradores y... “¡Fuera el secretario del Trabajo. Libertad sindical!”.
Más de 100 mil trabajadores; más de 100 mil conciencias que recorren el espacio principal de la ciudad por convicción o por obligación. Sin embargo, aún fingiendo, las gargantas hacen reclamos reales; recuerdan las muertes en la mina ocho y a los caídos en 1906.
La memoria no falla y entonces, Pasta de Conchos. El Sindicato Minero Metalúrgico, SMM, se niega a recorrerse para que entren los demás contingentes. Llegaron para quedarse por San Juan de Sabinas, y por lo que vendrá.
Los miembros del Sindicato Mexicano de Electricistas, SME, forman una fila y se lanzan en contra flujo para estar de frente al templete; traen puestos los cascos con los que laboran. El líder inicia su discurso, al mismo tiempo que una silueta diabólica con el rostro de George Bush surca los cielos; fáciles de distinguir del terreno mortal, de la agitación.
Tras de él, dos títeres de Roberto Madrazo y Felipe Calderón llevan dólares en las manos y, en la cabeza, juegos artificiales. Quieren quemarlos; torturarlos, aunque sean ilusorios los castigos.
No hay más lugar; la zona no está hecha para caminar, sino para gritar; para un cisco alrededor del lábaro patrio, el que intenta, inútilmente, avivar al pueblo que hoy está más despierto que ayer. Hoy, primero de mayo, día de contingentes, de sindicatos unidos, de declaraciones abiertas, de llamados a la huelga nacional.
El capitán América representa al Sindicato Único de Telefonistas, SUT, y hombres con máscaras de luchadores fingen estar en su cuadrilátero, para asegurarse de ser vistos; como el sujeto que mantiene un letrero en su mano izquierda con la leyenda: “Partido de la Revolución Democrática. Derechos plenos para los migrantes. Comité Ejecutivo Nacional. Secretaría de Migrantes”.
El brillo y el sudor en su cráneo descubierto parecen fortalecerlo; darle aliento para continuar estoico hasta que finalice el mitin. No mira el suelo, sus ojos miel se clavan en las nubes; en la esperanza misma de continuar vivo, de ser descubierto a través del orador en turno que está a su lado.
“Estoy aquí para mejorar. No quiero el gobierno que tenemos, quiero uno nuevo, diferente; uno para los migrantes que son despreciados por los gringos de mierda”, comenta Raúl Reyes Martel, simpatizante perredista.
Y María, ¿a qué viene María; qué hace María abajo; por qué desfila?
María Aguiar Roth, miembro del Frente Auténtico del Trabajo, FAT, viajó desde Boston, Massachussets, para reunirse con los sindicatos mexicanos y apoyarlos. Cuenta que los sindicatos progresistas en Estados Unidos, como al que pertenece, han formado un frente de ayuda para migrantes y buscan movilizar a otros sectores; al estudiantil y al religioso, de entrada.
Su cara pálida denota descontento y acepta sentir rabia porque no se acabara en las elecciones pasadas el gobierno de George Bush. Pero aguarda a las próximas para que se “terminen los fraudes y las injusticias”. Su voz se interrumpe por un estruendo; un calor indefinido que se aproxima.
Media hora antes de la una de la tarde: el último orador. El acto finaliza; y un alarido, aún más comunal, desquicia los alrededores: “Mexicanos al grito de guerra, el acero aprestad y el bridón, y retiemble en sus centro la tierra...”.
Puños cerrados construyen un coloso viviente; un ser amorfo que late y vocifera al unísono el himno que los hace hurgar en sus conciencias; retornar al punto exacto y vago en el que aprendieron a pronunciar: “al sonoro rugir del cañón.”
Después, ¿acaso hay un después? Esta vez ese tiempo eterno se detiene junto a las llamas provenientes del trío de arlequines de cartón que se consumen, sin que esto logre satisfacer los anhelos de muchos, quienes escupen con arrojo al montón de cenizas.
En este después, sólo cabe una danza: la de una anatomía masculina con una careta de Vicente Fox puesta, sus dedos índice y medio forman la tan conocida “V” de la victoria.
Los demás compañeros piden entonces, lo inevitable, lo que vendrá a ser, el desquite ineludible. El hombre se retira en un solo movimiento las facciones ficticias y las lanza al fuego para afinar el ritual.
Ahora, en conjunto, las rechiflas se presentan como plegarias, como cuentas pendientes y promesas rotas. Solamente, se pasean un instante y luego se van; se dispersan, como los asistentes, a soñar con un nuevo día... del trabajo.
Fuentes:
http://www.eluniversal.com.mx/noticias.html
María Aguiar Roth (asistente a la marcha de 1 de mayo en el Zócalo capitalino, perteneciente al Frente Auténtico del Trabajo, FAT).
Raúl Reyes Martel (asistente a la marcha de 1 de mayo en el Zócalo capitalino y simpatizante perredista).