Por Marisol García Camargo
El Zócalo político volvió a temblar. El centro de la tierra mexica se sacudió con el paso del sindicalismo blanco, las aguerridas organizaciones obreras independientes y la rebeldía de la Otra Campaña.
La explanada, que debe su nombre a la Constitución de 1812, amaneció vestida de pants y camisetas limpias. Se cubrió, además, con mantas pulcras en las que se “exigía” respeto a la autonomía sindical y a los contratos colectivos de trabajo.
Peticiones tibias suplantaron a las exigencias y consignas de organizaciones corporativas en el Día Internacional del Trabajo. Atrás quedaron Sicartsa y Pasta de Conchos así como la mano del gobierno federal en asuntos sindicales.
En el zócalo oficialista se encontraban las organizaciones encabezadas por la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y el Congreso del Trabajo: sindicatos y federaciones de músicos, mineros, ferrocarrileros, cañeros, obreros textiles y laneros, cuyos líderes celebrarían después a puerta cerrada en Los Pinos.
La voz agria del orador, rodeada por la pléyade de funcionarios y líderes, no reparó en loas a los trabajadores mexicanos. Infructuosamente, se dirigía a rostros impenetrables, observadores vehementes del reloj que de cuando en cuando aplaudían.
La plaza se convirtió en priísta y “antipopulista”. De sus esquinas sobresalían mantas en apoyo a los que “sí se comprometen con los trabajadores”, léase PRI; se llamó a Gómez Urrutia “líder falso”, corrupto, vividor y mafioso y se anuló de tajo el peso histórico de un gobierno que se ha manchado las manos con la sangre de los mineros. La versión idílica de las políticas laborales foxistas se instaló.
¡Nada más que pasen lista y nos vamos! - dijo una mujer de camiseta azul que yacía sentada en las frías lozas del zócalo de las multitudes. A la que por su asistencia al acto le regalaron una despensa.
Mientras, la mancha humana, multicolor, se extienda aguerrida por la calle Madero. Junto a las consignas de los sindicatos independientes, la exigencia de justicia y la adhesión al boicot contra productos estadounidenses.
“Fox asesino de trabajadores”, “Ni un voto al PRI ni un voto al PAN”, “Sacaremos a Vicente de los Pinos”, “Cárcel a Elba Ester Gordillo” fueron las consignas de telefonistas, electricistas, panchos villas, panteras, del corporativo Pascual, de los trabajadores de la extinta ruta-100, del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación de Michoacán, del STUMAN...
Las exigencias se mezclaron con un aire festivo. Allí, en plena avenida Juárez, bailaron el Bush ridiculizado y el Fox entregista. Desfilaron también los enmascarados, las coronas fúnebres, los anarquistas de pelos morados, la banda de los pascuales y los del sol azteca.
“Repudiamos la actitud criminal, porque él (Vicente Fox) incluso de burló de ellos (de los mineros de Sicartsa), porque estuvo en Uruapan dos días antes de la masacre y ellos le dijeron: señor presidente queremos dialogar, y él les dijo: si cómo no. Y a los dos días les mandó granaderos”, acusa Felipe González del Magisterio Democrático del Valle de México.
El descontento se hace patente. Se demuestra una y otra vez que la imagen del presidente no es intocable. La marcha independiente no conoce de respeto, servilismo o adulaciones. A Fox se le mienta la madre, se le llama asesino, se le responsabiliza abiertamente.
Cada sindicato tiene sus peticiones. El del Magisterio, en voz de Felipe González “es un reclamo histórico de los maestros, porque Elba Esther Gordillo, que hoy es aliada de Vicente Fox y es dirigente mafiosa del sindicato de maestros, mandó matar al maestro Mijael hace 25 años y seguimos exigiendo que se le encarcele, que pague por este crimen”.
Los lujosos departamentos apostados frente a la Alameda, escuchan impávidos los petardos provenientes del contingente humano. El olor a pólvora se une a un calor que, para esas horas, se presiente violento. Al lado, los granaderos miran impacientes.
Incluso el día Internacional del Trabajo, conmemorado desde 1886 (José L. Gómez Navarro, Historia Universal, p. 514) fue aprovechado no sólo por los vendedores de sombreros, tortas o congeladas, sino también por el Comité Ejecutivo Nacional del PRD en el Distrito Federal.
La fiebre amarilla se apoderó del Hemiciclo a Juárez y desde allí, se lanzó “una enérgica protesta por los trabajadores mineros”, se apoyó el boicot y a los emigrantes mexicanos y se aprovechó la tribuna para criticar al, ya para ese entonces, martirizado Vicente Fox.
A juzgar por el presidente del partido en la capital, Martí Batres la política foxista en materia laboral “es una política que ha tendido a deprimir el salario, a deprimir el empleo. El principal responsable de la migración a los EU es Vicente Fox por la política que ha implementado, Y ahora, al viejo estilo priísta, se mete en los asuntos internos de los sindicatos”.
La razón de este mitin, con claros fines políticos, es a su parecer “una conexión internacional” con los emigrantes. “La política de globalización de las grandes empresas (...) por un lado quiere que todos abramos nuestra fronteras para que lleguen sus empresas y productos, pero por el otro no quieren abrir sus fronteras para los trabajadores de mundo“.
Ahí viene el sub...
Frente a la embajada de los Estados Unidos, se respira rebeldía. Los fotógrafos corren. Hombres y mujeres pisan las flores del camellón de Reforma, se agolpan retando al calor de medio día para ver a Marcos, al rebelde zapatista, al caudillo, al representante de los ideales de aquellos que ya no creen en el poder.
Precedido por dos oradores, el delegado cero, el encapuchado que roba suspiros a mujeres, habla frente al “templo ante el que se inclinan los políticos de arriba, (a) la moderna iglesia neoliberal que desde las multinacionales dirige la religión que profesan los de arriba”.
Antecedido por un representante indígena y una mujer migrante, el encapuchado, que reta a los más de 2Oº de temperatura, se dirige a los mexicanos que “han tenido que emigrar hacia el norte revuelto y brutal, buscando las monedas que el sistema capitalista, impuesto en sus tierras latinoamericanas, les niega en un trabajo digno”.
Interrumpido por aplausos y porras, el “sub” arremete contra el Bush idiota y afirma que “estamos luchando por otro México, uno que no obligue a sus trabajadores a dejarlo todo para ir al extranjero en busca de la vida que ahora es imposible; un México libre, justo y democrático (...) Un México mejor...”
La marcha de la caravana zapatista se dirigió a las entrañas de la capital. Adentro de la “burbuja” humana, el comandante insurgente, pipa en mano, saludaba a los fotógrafos y a las que gritaban ¡Te quiero Marcos!, a los jóvenes trepados en estatuas, a los ancianos rejuvenecidos.
No podían faltar los “compañeros de Atento” con todo y sus machetes que cargan con orgullo. Como tampoco se pudo dejar de observar el espectáculo de cuerpos morenos y senos al aire libre de los campesinos de los 4OO Pueblos, allí donde se levanta el emperador Cuitlahuac.
Entre los cantos de “Fox prostituto, Fox Puto”, “No estás sólo Marcos”, y empujones, olor a sudor rancio y vallas humanas, el sub insurgente llegó al Zócalo. Ocupó la misma plataforma donde por la mañana discursó la CTM y el Congreso del Trabajo.
El Zócalo fue, entonces, punto de reunión de la izquierda y de los de abajo, “de todas las rebeldías, de todas la luchas (...) que se están levantando contra la voracidad de los gobiernos y de los poderosos que nos mandan.
“Hasta morir si es preciso”, afirmó incansable Marcos. “Hasta morir si es preciso (...) no para cambiar un gobierno, sino para derrocarlo, no para pedirle a los ricos, sino para expulsarlos de este país”.
De cara a la multitud encumbrada, el comandante insurgente, la divinidad rebelde, digo tajante “Vivos o muertos, presos o en libertad, desaparecidos o en la calle, en las montañas, en el río, en el mar, venimos a repetir lo mismo a los de arriba, a los grandes políticos, a los grandes ricos: los vamos a hacer pedacitos a todos.
“(...)Están con nosotros los pueblos indios, están con nosotros campesinos de izquierda, están con nosotros obreros, estudiantes, ancianos, estamos los feos, los apestosos, estamos aquí en la Otra Campaña lo mejor de este país y eso es lo que vamos a hacer”.
Después de escuchar las palabras que excitaban a una multitud hippie, de pelo largo, argollas, de mujeres indígenas, de ancianos, de rockeros, de punketos y de darks, el Zócalo cantó su himno nacional. Entre la lluvia pesada, miles de puños izquierdos se levantaron: “y retiemble en sus centros la tierra...”