
¡Vaya que soy impresionante! El último de cierta dinastía política implementó un programa de banderas monumentales en toda la república. No fui la más grande, tengo admitirlo, pero al menos no me he quedado detrás. El asta que me sostiene tiene más de 50 metros de altura. Mis vestidos no son modestos: son cerca de 400 m2 de ondeante tela tricolor. Y por supuesto, los colores son tan brillantes que nadie me puede evitar ver.
Sobre las cabezas de los mortales hoy me he levantado airosa. Tendrán que reconocer que el porte no lo he perdido a pesar de una larga y compleja historia de deformaciones, mutilaciones, y sobre todo, de que halla sido usada con los propósitos más bizarros. Fue hasta 1968 que se detuvieron los cambios por órdenes de un presidente que dicen no fue muy popular. Sí que se sufre en la vida y más cuando la mía depende de la política y economía. Supongo que no ha de ser fácil ser un sex symbol como María Felix lo fue. ¡Ay!. ¡Pero ella qué sabe sobre ser un símbolo patrio!
Por supuesto, hay reglas y los hoy presentes en mi “día” las han de saber, o por lo menos tengo fe de que así sea. No se puede emplear color alguno que no sea el señalado. No se puede romper el protocolo y si me quieren engalanar seré vestida con un moño tricolor. No más. ¿Qué decir del águila que llevo en el corazón? Bueno, toda regla tiene excepciones. Un buen día o mejor dicho, un buen sexenio, a alguien se le ocurrió que podría mochar esa inmortal historia de Aztlán. Así fue como pronto papeles membretados y demás artificios llevaban ya tan famosa leyenda a medias...
Pero hoy no quiero recordar eso sino disfrutar de toda esta algarabía. La arriada, como le llaman a todo la faramalla de bajarme a las seis de la tarde, esta tarde es presenciada por cientos de personas. Las hay de todos los tamaños y colores. Es agradable ver a las familias reunidas para esta ocasión. Esos niños pequeños se muestran tan serios ahí respetando el cuadro imaginario que se ha formado a mi alrededor. Aquél no se aguanta la risa pues esa malvada hermanita le está haciendo cosquillas. Quietos. Una trompeta ha señalado el “firmes”. Esos güeritos ya se bajaron del turibus para sacar sus cámaras y completar el álbum con más fotos del mexican curios. La venerable anciana ya se sostiene del brazo de su nieta. Esa pareja se ha dejado de besar.
En fin, he aquí 800 personas aproximadamente. No me había dado cuenta de esas gradas; pareciera que se presentará un espectáculo con luz y sonido. Bueno, quizás lo último sí es posible escuchar: el redoble del tambor es intenso. Hoy los soldados tocan con entusiasmo. Las sonoras trompetas han señalado el “saludar, ¡ya!”.
Empieza el Toque de bandera, composición de la profesora defeña Xochitl Palomino. Me divierto más al ver a los niños. En su inocencia olvidan cómo seguir las formalidades y ahí los ves, con puño cerrado en lugar de mano extendida sobre pecho; platicando con el vecino de al lado y sobre todo, cantando palabras sin sentido al tratar de seguir la letra que hiciera famosa la profesora de la Delegación Benito Juárez.
Hay más gente que otros días y que otras horas. Esta mañana desperté con un rayito de esperanza. Creí que las vallas eran indicio de los ya conocidos alborotos de aquél señor de séquito amarillo. Sí, aquél cuyo nombre no se recuerda en los diarios. Pero hubo “mucho ruido y pocas nueces”. No imaginé que una visita de cuatro minutos por el chaparrito de lentes de la mañana significara tanta seguridad. Seguro que ha de ser un sujeto peligroso.
¡Pero qué hacen! Ah, ya veo. La arriada comienza. Las poleas se han accionado y mis ropas se enrollan. Son varios soldados los que impiden que toque el suelo. Uno a uno toman una parte de mi indumentaria. Primero la parte roja, después la tela blanca y al final se recoge la verde. Pero a la hora de avanzar ya no sé quien carga qué. Sólo siento cientos de ojos que yo ya no puedo ver. Sólo escucho susurros y tambores. Me llevan sobre el hombro y sé que me encerrarán en Palacio Nacional. Ha terminado la jornada del día de hoy y por un momento descansaré después de haber sido expuesta 12 horas al fatídico sol.
Bueno, ha valido la pena. Ya no escucho el murmullo pero imagino que ha todos he infundido respeto. Creo que soy más pesada que ayer. No es por nada: más de 197 años de historia se escriben sobre mí y hoy un día de historia se ha añadido a esa bitácora personal. Un día sencillo, pero finalmente, un Día de la Bandera más.