Con los resultados de la contienda por la presidencia el país quedó azul en el norte y amarillo en el sur, lo cual es evidencia de dos proyectos distintos.
En primera instancia esto no tiene nada de malo, pero en un escenario como el mexicano la situación paso una diferencia peligrosa.
Antes de las elecciones presidenciales los dos candidatos punteros, Andrés Manuel López Obrador y Felipe Calderón, se encargaron de segmentar al país en dos. El primero se obstinó en “derrocar a la malvada derecha con su proyecto salvador de izquierda”. La respuesta de Calderón fue señalar a López como un “Peligro para México”.
Dos semanas después de la votación la confrontación, derivada del tipo de campaña de los dos candidatos, continua. López Obrador se siente robado y llama a los millones de mexicanos que votaron por él para resistirse pacíficamente, mientras Calderón actúa como si fuera Presidente electo.
En ambos personajes se nota una actitud inmadura, la cual sólo contribuye a enrarecer más el panorama. Por un lado tenemos al virtual perdedor, Andrés Manuel, quien esta jugando con un doble discurso, lo cual no es nuevo, pues desde su campaña lo venia haciendo.
En sus dos Asambleas Informativas, el ex Jefe de Gobierno de la Ciudad de México ha mostrado “evidencias contundentes” del fraude, al mismo tiempo de exigir el conteo voto por voto, casilla por casilla, para revertir el resultado que dio el Instituto Federal Electoral, IFE, el 6 de julio.
Nadie puede negar su derecho a inconformarse por los resultados, de hecho, sus actos estén en apego al Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales, COFIPE, pero en sus palabras hay muchas contradicciones.
López Obrador dijo el 8 de julio en el Zócalo que hubo fraude, pero en las entrevistas habla de anomalías, en el documento entregado al Tribunal Electoral de Poder Judicial de la Federación pide el recuento de los votos pero incluye una petición de anulación de la elección; pero lo más grave, afirma que él gano sin aportar alguna prueba de ello.
Una cosa es mostrar que hubo errores en el conteo distrital del IFE y otra muy distinta basar una victoria electoral en pruebas que apenas serán analizadas por la autoridad competente.
El Tribunal tiene de plazo hasta el 31 de agosto para dar su sentencia, inapelable, pero desde antes Obrador ya fijo su postura: “Yo gané”. El 14 de julio, en entrevista con Carmen Aristegui declaró que en caso de perder la resolución oficial o en un posible recuento él lo aceptara pero no reconocerá a Felipe como Presidente.
Una escena parecida se presento el 11 de julio, cuando cuestionado por Joaquín López Doriga, Andrés Manuel se negó a aceptar la posibilidad de que perdió. Posiblemente estaba presionado por preguntas encaminadas a enfurecerlo, pero Andrés cayó.
El último error garrafal del también conocido como Peje ocurrió el 16 de julio. Carlos Monsivais recordó la frase de la campaña sucia del equipo de Calderón contra su rival: “Andrés Manuel un peligro para México” y dijo que eso era una ofensa no sólo contra el candidato, también contra sus seguidores.
Tiene razón al decirlo, pero también deben reconocer que al autoproclamarse ganadores o acusar de fraude a su adversario sin ningún sustento legal ellos están ofendiendo a quienes votaron por Calderón.
Pero eso no fue lo peor, cuando el candidato tomó la palabra dijo que Felipe y toda su familia se cuidaran... porque si se ratificaba su triunfo quedaría manchado. Aunque al final lo puso como una cuestión moral, el mensaje lo puede transformar en un llamado a la violencia alguien con los ánimos muy calientes, lo cual no sería raro en esta situación.
Pero si se trata de perturbar las aguas, Felipe Calderón y su equipo no se quedan atrás. Sabiendo que aún no es Presidente Electo, Calderón ha recibido llamadas de Jefes de Estado extranjeros felicitándolo.
Su actitud como presunto ganador ha estado a la altura de su adversario, en todos los sentidos. Él se siente ganador y por lo tanto avala cualquier acción que valide el proceso y evita cualquiera que pueda impugnarlo.
Su cuidado por no manchar el proceso lo ha llevado a ignorar cualquier voz que le recomiende realizar un recuento como lo pide su adversario político excusándose en que eso le corresponde al Tribunal. En parte tiene razón, ni Calderón ni López pueden ordenar el recuento, pero Felipe no hace mucho para legitimarse ante una oposición cada vez más pasional.
Calderón ya no quiere saber nada del proceso electoral que en primera instancia ganó, actitud que llena de ira a sus contrincantes, lo único que hace es perder la legitimidad de su posible gobierno.
Ya formo un equipo de transición y se reunió con algunos sectores de la sociedad, como las organizaciones religiosas, pero aunque tiene los fundamentos legales para sentirse ganador, Felipe aún no es Presidente electo.
Lo que en principio parecía una jornada electoral ejemplar, donde cada ciudadano eligió lo que quiso, a un par de semanas al parecer el respeto por el voto ajeno no queda claro. Yo no sé si hubo fraude o no, que eso lo decida el Tribunal, pero las acciones de ambos bandos deja al descubierto la inmadurez de los actores políticos.
Resulta peor cuando eso se transmite a la sociedad, que ahora tiene sólo dos opciones, un fraude o una victoria indiscutible sin darle el beneficio de la duda a su contraparte.
Si el veredicto del Tribunal no es lo suficientemente claro, sin dejarse influenciar por nada ni nadie, los meses entre la entrega de constancia de ganador al Presidente electo y su toma de posesión pueden aumentar la efervescencia.
Incitado por sus dos líderes políticos más importantes México quedó en dos partes, las cuales parecen no tener una reconciliación a corto plazo, lo cual no le convendrá al próximo Presidente, sea quién sea, por lo cual Calderón y Obrador deberían pensar en eso.
Ambos están dentro de la ley, pero fuera del sentido común, ojalá puedan tener un poco de tacto, aunque alguno salga perdiendo.