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Lo que sea
Jueves 3 de agosto de 2006, por Nancy Betán
¿Quién sabe dónde están los dueños de los muñecos sucios y de los trastes usados? ¿Muertos, enterrados, perdidos, olvidados? ¿Quién sabe? ¿Quién nos puede decir si los compramos o no?
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LO QUE SEA

Por Nancy Betán Santana

Un suelo de chapopote negro forma la ruta por donde pasan las sobras de la calle, los perros sin destino y aquellos que buscan... lo que caiga.

Una voz por demás aguda resurge de un tocadiscos y canta: “Cumbia para mi gente, cumbia para mi amor...”.

El sonido se vuelve mezcla, mezcla de voces; presentes y grabadas. De ofrecimientos, pisadas firmes y susurros curiosos, sugiriendo otros precios.

Todo aquél que circula por avenida Alta Tensión, a pie o en automóvil, halla sin perderse el lugar más adecuado para comprar: el tianguis Búfalo y Río Becerra.

Bajo la sombra que brinda el segundo piso del Periférico se inician los pasos que no se detienen, y el acordeón de un joven sirve de guía; invita a seguir el camino de la avenida Río Becerra, que de lunes a sábado funge como tal.

Pero, hoy no. Hoy es domingo de venta de cacharros, muestras gratis de a tres por $10.00 y calcetines de a $5.00 el par, ropa casi nueva, libros inmemoriales, revistas prohibidas y piratería por doquier. De todo cuanto pase por la mente de un necesitado.

“Y me duele, porque no faltó el amor, lo que me faltó fue suerte, y tiempo para demostrarte, que tú eres lo más importante...”.

Todos saben porque están ahí, se los recuerda cada moneda que llega o huye de sus manos.

¿Quién sabe dónde están los dueños de los muñecos sucios y de los trastes usados? ¿Muertos, enterrados, perdidos, olvidados? ¿Quién sabe? ¿Quién nos puede decir si los compramos o no?

A las tres todavía hay pambazos, quesadillas y sopes que nadan en manteca ambarina de dudosa procedencia, pero de inigualable sabor. Sabor de fin de semana tirado en la banqueta. Sabor de negocio, de chacharero que exhibe sus reliquias, y también sus miserias.

¿Dos pambazos, un sope y una tostada?, pregunta un cliente.

-$40.00, nomás güero.

“He ahí el manjar”; lo dice el selecto humo que se desprende de la plancha, del comal viejo y de la masa frita. Papa mezclada con chorizo, y refrescos, refrescos metidos en tinas de aluminio, entre trozos de hielo.

¿Y el ruido? Nadie se acuerda ya del ruido; ni del olor.

Es un hedor de piña descompuesta y naranja agria, rezagada; trozos de papel higiénico más que usado y excremento, ¡¿cómo olvidar el excremento?!

“A todo se acostumbra uno, menos a no comer”, reza el refrán.

Es el primer domingo de marzo, y prematuras señales de primavera se pasean desafiantes. Amenazan con presentarse pronto hirvientes, asfixiantes en forma de astro rey que obligará a los transeúntes a olvidarse de respirar.

Y es que el tianguis Búfalo y Río Becerra está ubicado justo en medio de un panteón, un basurero y un desagüe. Tres sitios por excelencia donde van a parar todos los deshechos del ser humano. Los que abandona en vida y los que se le escapan al morir.

Es curioso; las puertas verdes del vertedero mayor están cerradas, los camiones recolectores dentro no se percatan de que a las seis de la tarde las toneladas de inmundicia sobrante no tendrán acceso, ¿por qué? Quizá porque es domingo de tianguis, pero también de asueto.

Lina Gómez vende cortinas y manteles a unos cuantos metros de ahí. Los expone en el terreno accidentado; se sirve de unas telas descoloridas y un plástico roto cuadrangular para delimitar lo que llama “su lugar”, y de una cubeta de plástico para sentarse a aguardar las ganancias del nuevo día.

Esa porción gris de cemento en la que abanica su mercancía para ahuyentar las moscas le costó un año de lucha. En la Ciudad de México, hasta para tener un cachito de calzada junto al basurero hay que llegar temprano.

“Antes de tener un lugar fijo, debía formarme desde las 4:30 de la madrugada para que a las 7:30 pasaran lista y a las 8:30 nos empezaran a acomodar conforme habíamos llegado”.

En 2000, Lina era la única mujer que quería un lugar permanente en ese tianguis, y cuando salía de su casa, lo hacía con un palo y un tubo en su bolsa, pues corría el riesgo de ser atacada por algún hombre en la fila o en su trayecto nocturno a pie por media colonia Tacubaya.

Desde hace tres años, la señora Gómez estaciona su menudo cuerpo, que parece tener unos 50 años, en el mismo sitio. Pero ella más que nadie, sabe que la vejez no la ha tocado y por eso, pide a su hermana los zapatos que desgastan sus sobrinas para ganarse otros cuantos centavos.

Los comerciantes se despiden a las 5:30 p.m., los compradores hace media hora que se marcharon.

Los mercaderes empiezan a empacar; se devuelven a sus hogares a sobrevivir, a aguantar hasta la próxima semana para esperar vender... lo que sea.

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