
Trece operaciones ha pasado después de diagnosticarle un quiste óseo en la tibia. Fue en la última que le amputaron. Con todo ello, Guillermo tiene la frente en alto y con fuerza empuja su silla Lince negra. Cuestan trabajo los puentes y los estrechos pedazos de pista, rodeados de un pasto verde inútil, hierba mala que nunca muerte y las vacas que se la comen.
En el deportivo Virgilio Uribe en Cuemanco, Xochimilco, se han realizado grandes torneos de canotaje. Es una disciplina de velocidad con remos en el agua, donde se contraen y estiran todos los músculos al mismo tiempo.
Junto al deportivo están las instalaciones del Primer Batallón Naval de la Marina, cuyo taller de motores se cuelga de un diablito. Este lugar albergó los Juegos Olímpicos de 1968 y los Panamericanos de 1972. Uribe compitió en el 68 a 2240 metros de altitud.
De los quince hangares, cinco son militares y dos son de universidades públicas: la Nacional Autónoma de México y la Autónoma Metropolitana Xochimilco. El gimnasio puma quizá siga teniendo los mismos remorgómetros, aparatos que simulan el movimiento en remo pero con tensión para ganar fuerza.
La iniciación de bienvenida los Pümas se hace aventando a los novatos al canal de Cuemanco, aguas verdes xochimilcas con desechos de plantas y excrementos de pato. A las siete de la mañana, todos a correr y cuando se quitó la neblina, si no están rotos los botes, con suerte uno empieza a remar. Si es descoordinado el equipo, el de atrás golpeará al de adelante.
Roberto Madariaga es marino. Sin camisa, se le marca una musculatura fuerte, correosa. Me enseña las formas de ejercitarse en las barras: frontal, dorsal y lateral. “En la Marina les dan una hora pero es empírico”. Por eso viene por su cuenta. Pintando canas, admite que ya no entrena como antes. “Mi época ya pasó”. Cerca de allí corren, aislados, algunos señores.
Los mosquitos están a la orden del día. Por donde quiera que uno pase, ahi están. Solamente no se acercan a un lugar: el techo de la torre verde de meta, copada de abejas.
Guillermo es la liebre que marca el paso de su padre, don Guillermo. Éste lo saca de apuros cuando se estanca en la maleza o las grietas de la pista. Los brazos de Guillermo hijo son gruesos, fuertes. Un piercing verde en la ceja y una fuerte mirada hacen especial a este joven que competirá el próximo 20 de noviembre en la carrera de Televisión Azteca.
Hace quince días narra el padre, corrió en silla su primer torneo. De 18 años, estudiante de la Universidad del Valle de México, se especializará en la Facultad de Psicología de la UNAM. A este chico de Tepepan le interesa la Gestalt.
Acabó su rutina, y la de su progenitor, quien ya había corrido diez kilómetros en la mañana. Y también la mía. Me hizo correr. “Es mi pequeño”, dice orgulloso. No en balde pienso que será un buen competidor en esa justa. Y deseo que gane. Su meta está en romper el límite.