Sin complicaciones, quizás porque no le debe nada a nadie, Jeannette Macari sube al escenario solamente para cantar las que se sabe. Ni una más. Y por fortuna, esas, las canciones que se sabe, no son pocas. Mejor aún, corresponden a distintos géneros que esta artista se encarga de conjugar, gracias a la maleabilidad que ofrece el cabaret.
Oriunda de la ópera, del canto clásico. Su riquísima voz de mezzosoprano le permite calzarse el atuendo español que viste la Carmen de Bizet. Pero el cabaret la ha hecho su presa fácil. Total, desde ahí también se puede lanzar con una que otra aria, mientras el público queda boquiabierto con su intensidad vocal e interpretativa.
En el cabaret cabe todo, hasta lo inesperado. Eso advierte Macari, antes de posesionarse del repertorio cabaretero alemán y francés, que en Kurt Weill (Je ne t’aime pas) y Jacques Prevert (Les feuilles mortes) tuvo su apogeo. Y de ahí, a Cole Porter (I love Paris) y Jule Styne (People), dando un repaso por el gran cancionero norteamericano, sin duda la mejor expresión del arte musical estadounidense.
Luego salta al sabor español, ahora disfrazada de una especie de Carmen cruzada con una Traviata, en el sentido estricto del vocablo italiano. Desde ahí, la cupletista le canta a su hombre (Mon homme), al tiempo que ejerce una delirante crítica a la situación de la mujer y de la pareja en el actual contexto social y político. Cabaret a su máxima potencia.
Un respiro. Las risas de la cantante se apagan. Las del público pretenden seguir, pero basta que, ahora con voz y figura sobrias, proclame que no puede ser feliz para que el tono cambie y el ambiente se torne nostálgico, amargo. Para ello nada mejor que la tristeza de un bolero cubano (No puedo ser feliz, Lágrimas negras), la pasión desgarradora de un tango (Los mareados) y, por qué no, la melancolía trovadora del Silvio Rodríguez cuando recuerda sus deberes pospuestos por el abandono de la prenda amada (Hoy mi deber, Quién fuera).
Melodías de aquí y de allá, que se sabe porque se las encontró por allí, vagando -canciones y cantante- , y las tomó para ella, para que le confirmaran lo que ya sospechaba, le dijeran lo que otros callaron y, sobre todo, para que en escena atraigan y luego ahuyenten a los demonios internos, emanados de la tragedia de ser la más divertida en escena y ser la más aburrida en casa.
Letras y palabras sencillas, que juntas adquieren una complejidad digna de ser escuchadas por grandes psicoanalistas, pero que simplemente son escuchadas por un público que ríe a carcajadas ante la imagen de la mujer que se sabe portadora de la dosis precisa del delirio que aleja al respetable de su realidad, pero tiene siempre presente que al bajar del escenario, su propia realidad le espera.
Pero mientras baja, muestra su voz, su humor, su pensamiento, su glamour, su energía y su cuerpo. Y esa es, en ese momento, la realidad. Para el público, para ella, para sus espléndidos músicos. No hay algo más real en esos momentos que ver a Jeannette Macari interpretando, nada más, las que se sabe. Así de sencillo, así de complejo.