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La fiesta de la manzana en Zacatlán, Puebla
Jueves 6 de septiembre de 2007, por Verónica Rosales Flores
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Para Julieta era un lugar desconocido, nunca había oído hablar de él. Pero cuando su primo le comentó acerca de las costumbres de ese pueblo pintoresco, la calidez de sus habitantes, y la riqueza de los productos fabricados, decidió asistir a la Feria de la Manzana número 67, realizada del 11 al 19 de agosto, para tener “un encuentro con las tradiciones, la cultura y la diversión”.

Desde que llegó a Zacatlán de las Manzanas, en compañía de su familia, se percató de que no era el pueblo pequeño que ella esperaba. Desde el último tramo de la carretera, antes de la desviación, alcanzó a apreciar la enorme mancha de vida humana que cubre cerros y caminos.

Ante la mirada insistente de Julieta que observaba con detalle cualquier cosa a su alrededor, como deseando conocer cada rincón del poblado, su primo decidió sorprenderla, aún más, llevándola a la casa de los armadores de los Relojes Centenario.

Inmediatamente, al entrar al jardín de la vivienda, se percató de un enorme arco erguido entre el boscaje y del hermoso reloj, colocado al centro de la estructura, que daba la bienvenida a los visitantes, con sus tenues campanadas que marcaban el transcurrir del tiempo.

Julieta aún no sabía que estaba entrando a una parte de la primera fábrica de relojes monumentales en América Latina, fundada en 1918, por don Alberto Olvera Hernández. Pero cuando vio en el recibidor de una de las casas, un reloj mezcla de piezas mecánicas y vegetación, instantáneamente, en su mente se dibujó la imagen del enorme reloj que ilustra e identifica uno de los jardines más famosos de la Ciudad de México, el Parque Hundido.

“¿En dónde estamos Nacho?”, le preguntó Julieta a su primo. Él le comentó que en ese sitio, después de casi nueve décadas, se siguen fabricando desde las piezas, hasta el terminado de los relojes que embellecen las torres de los edificios más emblemáticos.

“No importa si es una iglesia, un edificio de gobierno o privado, o hasta una residencia, los Relojes Centenario son parte de la vida urbana o rural de lugares como México, Argentina, España, Inglaterra, Francia, Brasil, Estados Unidos, Guatemala y muchos otros sitios alrededor del mundo”, agregó Nacho.

Efectivamente, ese reloj que llamó la atención de Julieta es una réplica exacta del que se encuentra en el Parque Hundido y muy parecido al que enmarca la Presidencia Municipal y la Plaza del Centro de Zacatlán.

Ahí no terminaba el recorrido. Llegaron a la Plaza principal del poblado, en donde ya estaban instalados los juegos mecánicos, las carpas que acogían a los productos nativos como las manzanas encamisadas o deshidratadas, los refrescos de manzana con sabor a sidra, pero sin alcohol, los panes rellenos de queso, los chiles en nogada o los famosos dulces “borrachitos”.

Algunos eventos ya habían sido realizados, como la coronación de la reina Nancy Primera; la quema de la cascada de cohetes; uno de los palenques; charreadas, danzas típicas; rondallas y tríos; la misa y procesión de la Virgen de la Asunción; concursos de vestidos; la copa de futbol; el teatro infantil; la lectura de cuentos o el ballet folklórico.

Aún así, les tocó ver el ajedrez humano. En una enorme manta cuadriculada en blanco y negro, permanecían disfrazados de peones, caballos, torres, alfiles, reyes o reinas varias personas que avanzaban, igual que en un ajedrez común, según las movidas que ideaban los dos jugadores, que desde una plataforma y con micrófono en mano, indicaban.

Transcurrieron dos horas, hasta que salió el ganador de la partida. A pesar del cansancio de las piezas humanas, y de que irremediablemente sólo ganaron las negras, se dieron un aplauso y terminaron satisfechos por ser parte de uno de los juegos de la Feria.

De ahí, Nacho llevó a la familia a una de las calles por donde pasaría el tradicional desfile de carros alegóricos. Una vez que escogieron el lugar, colocaron sus sillas plegables y sostuvieron sombrillas en la mano, las mismas que minutos más tarde dejarían a un lado para apreciar a plenitud la formación.

El primer carro paseaba a la reina de la celebración, entre ovaciones y chiflidos; después, siguieron la plataformas con los militares, los charros, la banda de guerra de una de las escuelas de Zacatlán y varios de los comercios.

La tradición es que los carros deben llevar guacales con manzanas para arrojarlas a los espectadores que permanecen atentos a la orilla de la banqueta, para no recibir un manzanazo sorpresivo.

Desfilaron más de 15 carros entre aplausos y bullicio de la gente; estiramientos para alcanzar el mayor número de manzanas; rapidez para guardar en bolsas los obsequios recabados y entre música que amenizaba el recorrido.

Pero, no sólo hacen el cruce una vez, “se realiza dos veces para que las personas que llegaron tarde los admiren o simplemente para que los que sí los vieron, los aprecien a detalle o puedan cachar más manzanas”, comentó Nacho a su familia.

Después del ajetreado día de conocimiento de la zona, decidieron ir a comer unos deliciosos chiles en nogada para platicar acerca de las experiencias de cada uno, intercambiar impresiones y para concertar la nueva visita a Zacatlán, para conocer más de su cultura, de su gente y de su importancia histórica.

Zacatlán de las Manzanas, perteneciente al Estado de Puebla, que se encuentra a dos horas del Distrito Federal, es un pueblo digno de ser visitado, para descubrir otro de los bellos rincones con los que cuenta nuestro país.

1 mensaje
  • La fiesta de la manzana en Zacatlán, Puebla / 3 de diciembre de 2007 16:56 / por Bjjuarez
    Me da mucho gusto que mi municipio lo pueda ver y conocer mas de su cultura hasta aqui en Austin.Tx .USA

    Responder este mensaje

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