
Monserrat Morales Cruz despertó con la sangre llena de eso que la hace esperar por nada en la Ciudad de México.
Habla con las manos en el cielo, agitándose por el frío en su interior y la humedad esparcida en el trozo de tela negra que le cuelga del cuello hacia la espalda: la gorra de una sudadera.
El cabello se le arremolina por momentos en la frente y ella trata inútilmente de apartarlo, pues el viento de agosto, lleno de una extraña brisa de otoño, lo sacude y le dificulta la visión. Sin embargo, éste no consigue que deje de pronunciar ni una sola palabra.
Las luces del semáforo de la esquina y las de una parada de camión a sus espaldas alumbran sus gestos; su esfuerzo por explicar lo que no se puede descifrar con la mente: destino. El cual, se le ha venido entregando desde hace ya dos años.
Está sola, frente a la tempestad de autos que se dejan ir de norte a sur sobre Avenida Revolución en la colonia San Ángel.
Cuenta que eso la hace estar con Daniel Brown, a pesar del Océano Atlántico, y que aparece cuando los instintos le ganan y le conceden un tanto más de eternidad que de calma.
Eso que le lanza automáticamente, la certeza de reconocer cada curvatura de la columna de él; así tenga los ojos vencidos o los dedos hendidos.
“Es una agitación continua, conducida por la contemplación sin miedo... por eso”, dice.
Un vaivén oscuro y desprendido que sale de entre las caderas de ella en contacto con las de él; un vaivén que aquí se convierte en trozo de orbe.
“Eso, es lo que nos hace separarnos y juntarnos de nuevo; lo que todos hemos sentido alguna vez. Mundanamente, es sólo sudor y movimiento, pero ahí está; porque somos nosotros al momento de estar en ese sitio donde se hace el amor”.
Fue y sigue siendo una única posibilidad la que los hace encontrarse, después de 2 mil kilómetros recorridos a la mitad de la vida; a la mitad del instante exacto que es la vida. Se descubrieron, cuando no entendían que podían hacerlo.
En 2004, Daniel aterrizó en México becado para hacer estudios de posgrado en cultura maya y Monserrat, se aventuró una noche a conocer al alemán que retornaría a su país en dos meses. No había nada que perder para una estudiante de artes plásticas del Centro Nacional de las Artes.
Ella cree que fue “sin querer”; que aquella coincidencia pasó para despertar en ellos el anhelo de mirarse los dos, al mismo tiempo; más de una vez, y así, no sucumbir ante la ceguera que se traducía en soledad por todos lados.
Monserrat partió a la pequeña ciudad de Apolda en enero de 2005 para encontrase con Daniel y recorrer a su lado el suelo europeo durante once meses.
Relata que apenas ocho meses atrás, habitaban la misma casa; cada quien en su cosmos. Y "desaparecían" de vez en cuando, a propósito y sin buscarlo, para volver a nacer. Para pertenecerse al transpirar por los hombros y las ingles; al olerse. Y eso estaba ahí, entre los dos.
Eso que es callar en los gemidos; en el trozo de carne queriéndose formar en otro cuerpo, en otra latitud, en un refugio espeso.
“Eso continuaba ahí, sin darnos cuenta; tras la ventana; en la nieve de Austria; en el sol más caliente de Madrid y en la ropa que no servía de nada en la desnudez tan nuestra”.
Ella recuerda cómo a diario, cuando los dos volvían de donde fuera, eso aguardaba por ellos, adherido a la almohada, empapado de sueño descubierto; de confianza de sábanas que despiden y reciben con igual entusiasmo.
Daniel se quedó en Alemania y Monserrat regresó en enero de este año, solamente para arreglar su situación escolar y ver a su familia.
En pocos días, emprenderá el viaje a territorio teutón y asegura que hallará eso con Daniel de nueva cuenta, con el mismo empuje y los mismísimos susurros fértiles dentro de él.
Daniel lo llama “alma gemela”; ella no sabe con exactitud qué es y se rehúsa a llamarlo amor, por no estar acostumbrada a usar el término. Pero la hace confesar que es sólo con él, y a él percatarse que es solamente con ella. A pesar de que ambos puedan enredarse en los vellos de terceros.