“Me dedique a vagar desde los 8 años, mi madre murió cuando yo tenía 6 años, mi padre se cansó de nosotros, y decidió irse dos años después”, don Samuel un zapatero de 78 años de edad, comenzó a sufrir desde niño, pero gracias a que superó el dolor, pudo sobrevivir.
Entre un montón de zapatos con un uso visible, regados por el suelo o apilados en las repisas; entre suelas, clavos, tintas y demás materiales colocados por doquier, y unas máquinas gastadas y antiguas, comenzó a narrarse una historia cuyo protagonista es Samuel Canales Saldaña.
Él superó la tristeza de la niñez para enfrentarse a la difícil labor de mantener a 10 hijos. Dejó el alcoholismo del que fue presa para recuperar a su esposa y no perder a su familia.
Aprendió el oficio de zapatero desde los 11 años por necesidad, después comenzó a trabajar en unos laboratorios en donde explotaron sus servicios. A los 50 años, cuando ya no les servía, lo corrieron, obligándolo a regresar al pesado oficio de la elaboración y reparación de calzado.
Esta tortuosa historia de vida, fue enterrada por Samuel desde hace muchos años, porque a pesar de que superó los obstáculos: “todo lo que viví me marcó, mucha gente me hirió, por eso no le veía el caso a contar mi vida que tal vez no le interese a nadie por ser insignificante y sin trascendencia”.
Sus palabras se interrumpieron tras la llegada de una clienta amable que recogía los zapatos con nueva suela de su hijo el menor, según comentó.
Aunque don Sam, como le llama la gente que lo conoce y lo aprecia, opine que su vida no es importante, su actitud y su forma de enfrentarla, fue y seguirá siendo una gran enseñanza, no sólo para sus hijos sino para la gente que lo rodea, por ser una muestra de que uno no debe dejarse vencer tan fácilmente.
La agonizante infancia
Samuel creció en el pueblo de Santa Ana en Tlaxcala. Poco pudo convivir con sus ocho hermanos porque después de quedarse huérfanos, todos encontraron acomodo con los demás familiares, por ser mayores, pero él fue rechazado por parientes y amigos.
“Antes de que mi papá se fuera, recuerdo que solía ayudarlo lo más posible, iba de aquí para allá cargado de refrescos para entregarlos en los pueblos vecinos, mientras mi padre los llevaba en burro”, don Sam comentó que por eso no entendía por qué decidió irse: “a pesar de ser un niño traté de apoyarlo”.
Sus tímidos ojos azules parecían dos grandes gotas de agua cristalina deseosas de escurrir por sus mejillas, para denotar el gran dolor y vacío que le dejaron la indiferencia de sus familiares.
Una pequeña grabadora negra, colgada de una pared de color verde que forma parte de su accesoria, ambientaba perfecto el momento crudo compartido; la “música ligada a sus recuerdos” entonaba el “Concierto para una voz”, como si en ese momento las palabras de don Sam fueran las únicas.
Su infancia pasó lentamente: “mi vagar no era malo, me dediqué a practicar el fútbol y el béisbol, pero me sentía solo, a fin de cuentas era un nómada que no tenía un hogar. Por un tiempo unos amigos cuyos padres eran dueños de una panadería, me dejaron entregar su pan a cambio de tener qué comer”.
Samuel se levantaba muy temprano, era el más madrugador de entre los cuatro hermanos y los papás con los que vivía, y ya sea caminando o en una bicicleta acarreaba el pan calientito para abastecer los expendios.
Lo que parecía una nueva oportunidad se desvaneció rápidamente, la madre de sus amiguitos le pidió que no se volviera a juntar con ellos, argumentando que su pobreza y la falta de su familia sería un mal ejemplo para sus hijos ricos.
Samuel de apenas 10 años quedaba a la deriva nuevamente y por su situación tan apremiante tuvo que dejar la escuela. Un suceso que lo entristeció aún más: ”era abusado para las matemáticas, además me daba alegría aprender nuevas cosas y convivir con niños de mi edad”.
Al cumplir los 11 años, otra luz se encendió para iluminar su tortuoso camino. Uno de sus primos lo buscó para enseñarle el oficio de zapatero y así logró darle un arma sólida para dejar su vida errante.
“Mi primo Carlos tenía varios talleres de zapatos que abastecían a las grandes zapaterías ubicadas, en ese entonces, en la zona de Peralvillo. Afortunadamente Carlos me enseñó el oficio que me ayudó a salir adelante a mí y después a la familia que formé”.
Con gran alegría y orgullo don Sam comentó que le agradece infinitamente a su primo hermano la ayuda brindada desde niño, porque gracias a eso pudo dejar su soledad a un lado, para convertirse en un creador de zapatos de calidad.
Curiosamente el primo que le tendió la mano también era huérfano y como él sacó de la pobreza a sus dos hermanas y a su hermano menor, y encima de eso, tuvo fuerza extra para ayudar a su solitario pariente, fue el mejor ejemplo de tenacidad que pudo tener Samuel.
A los 12 años aprendió el oficio: “empecé ayudando a los zapateros en pequeñas cosas, después me dediqué a observarlos para ver los procedimientos que seguían en la elaboración del calzado”.
Con un destello que iluminó su brillante tez blanca dijo que uno de los momentos más felices de su vida fue cuando su primo le dio la oportunidad de elaborarse sus propios zapatos, los primeros de su oficio.
“Carlos me dijo: ¿crees que estás listo para hacer una obra de arte andante?, y yo le contesté: claro, he estado mirando a tus trabajadores por meses, y creo que la mejor manera de aprender a hacer las cosas es observándolas con atención”.
Lo contado demostraba su capacidad para lograr objetivos. Había aprendido la manera correcta de crear zapatos de calidad con sólo mirar: “echando a perder se aprende, y aunque mis primeros zapatos no fueron la maravilla andando, daba el primer paso que me ayudaría a seguir con mi destino”.
Duró en este trabajo hasta los 18 años, porque su deseo de crecer y hacer otras cosas lo llevaron a inscribirse con los conscriptos para irse a la guerra. A pesar de que él no salió sorteado, decidió irse de voluntario para vivir una experiencia menos dura que su vida misma.
Nuevamente su relato se interrumpió con la llegada de otro cliente que le dejaba unos zapatos para cambio de tapas, y unas sandalias incómodas por el alto tacón que necesitaban 3 centímetros menos para ayudar a su dueña a no cansarse.
Rápidamente dejó los mocasines negros que sostenía en las manos para cantar una canción de aquellos años cuarenta que le recordaba su estancia en el regimiento: “vengo a decirle adiós a los muchachos porque pronto me voy para la guerra...”.
Su emoción estaba a flor de piel, recordaba a los tenientes, a su comandante y hasta los capitanes, pero la letra de la canción se borraba de su mente, igual que la suela de los zapatos se desvanece tras el constante uso y el imparable transcurrir de los años.
Aguantó 3 años la dura experiencia, y decidió regresar a su pueblo para comenzar una nueva etapa necesaria para complementar su vida, que aún era solitaria por no tener a nadie a su lado.
La recaída en la juventud
Al regresar a su pueblo, después de su trotar como voluntario de guerra, disfrutó un poco su agotable juventud. Iba a los bailes y por ser güero de ojos azules llamaba mucho la atención de las jovencitas que lo buscaban para tratar de conquistarlo.
“Fue una etapa feliz, después de haber sido ignorado, por fin tenía la sensación de ser atendido, porque jactancia aparte, yo era `carita’ y las chavas me seguían mucho”, comentó que la felicidad sentida, no era tanto por tener pegue sino por la oportunidad que tenía de disfrutar su juventud más que su infancia. A los 25 años decidió casarse con una mujer 10 años menor que él. Cinco años después ya tenían dos hijos. Samuel al ser tan popular seguía asistiendo a las fiestas en donde se tomaba mucho. El gusto por el alcohol comenzaba.
Al enterarse del alcoholismo que padecía Samuel, su suegra rescató a su hija y sus dos nietos y la trajo de vuelta al Distrito Federal, su lugar de nacimiento: “sólo aguanté 15 días en Tlaxcala, temiendo que mi esposa se encontrara otro hombre que maltratara a mis hijos, dejé todo por venir tras ellos”.
Este nuevo cambio fue duro para él porque significaba empezar de cero otra vez. Dejaba atrás a sus amigos, las fiestas, su oficio de zapatero y su lugar de nacimiento que lo vio crecer y sufrir. Ahora en el Distrito ya no sería más el famoso “gringo”.
Los hijos iban aumentando en cantidad tan rápido como los delgados tacones de las zapatillas se desgastan. Samuel llegó a tener 10: Samuel, Francisco, Juan Carlos, Sergio, Eleonora, Martina, David, Teresa, Alberto y Enrique, los causantes de que tuviera que trabajar el doble para sacarlos adelante.
“Trabajaba como negro, nuevamente, para seguir viviendo como negro, pero ahora tenía 11 razones para seguir luchando, ya no me volvería a sentir solo”. Laboró varios años más en su oficio de zapatero en Tepito, en Jardines, en Hoterlanos, en Labradores y Mecánicos, pero el sueldo no alcanzaba.
Gracias a su afición y habilidad para el fútbol, los dueños de unos laboratorios que elaboraban artículos de belleza lo vieron jugar y lo invitaron a estar en su equipo. A cambio de dejar su trabajo de zapatero, ellos por partido le pagarían el doble de lo que ganaba en su trabajo para motivarlo a que se fuera con ellos.
“Trabajé con el señor Rodríguez varios años, al principio me pagaba 8.50 diarios, y como la vida estaba más barata sí me alcanzaba, pero mis hijos crecían y los gastos también, entonces dejé mi labor en la zapatería ubicada en “Niño perdido” para aventurarme en otra tarea desconocida para mí”.
Pero el Sr. Rodríguez que le tomó aprecio a Samuel no lo desamparó y le siguió pagando su sueldo de 15 pesos por tres meses más, mientras conseguía trabajo.
Los del laboratorio por fin le ofrecieron un trabajo que no consistía ya en jugar fútbol, sino en entregar los prestigiados perfumes que hacían, en las principales farmacias como la París. “Tuve que decirle adiós a mi ex jefe, que fue muy bueno conmigo para crecer y ganar lo necesario para mantener a mi familia”.
Gracias a su eficiencia y al rápido dominio de los manejos, logró su planta 10 meses después de su ingreso y de jefe de almacén llegó a ser jefe de recepción y distribución de materiales. Estaba muy contento con su trabajo.
En su estancia enseño a todos los que podía lo aprendido. Desafortunadamente su mala racha regresaba, pues a los 50 años, los dueños del laboratorio decidieron prescindir de sus servicios argumentando que necesitaban en su puesto una persona con mayor capacitación que él.
“Tristemente en este país no cuenta la experiencia vivencial, sino la que se obtiene supuestamente con estudios, y después de todo lo que le aporte a la empresa, decidieron darme un puntapié quitándome el trabajo a una edad en la cual me sería difícil poder colocarme de nueva cuenta”.
La combaleciente madurez
Estuvo desempleado mucho tiempo, y a pesar de que trataba de buscar trabajo en otros laboratorios no se lo daban, diciéndole que las plazas que le ofrecían con anterioridad ya estaban ocupadas.
“Después de perder mi trabajo, todos me cerraron las puertas y aunque no quisiera el último recurso era regresar a mi oficio. Ya no quería porque sé lo pesado que es y con 50 años a cuestas me sería más cansado, pero no había otra opción, pues en las empresas después de los 40 ya no sirves”.
Su mujer al verlo tan derrotado decidió usar su dinero de la liquidación para comprarle unas máquinas que lo ayudarían a realizar sus zapatos. Así don Sam salió a la calle a buscar un local en donde poner su negocio y encontró uno en la Calle 5 de la colonia Pantitlán, a una calle de su casa.
“Mi esposa es la responsable de mi regreso al oficio, al principio renegaba, pero poco a poco fui entendiendo cuál era mi destino, después de todo era mejor tener algo tuyo a depender de gente incompetente que te ve como un objeto”.
Logró sacar a sus hijos adelante, 7 hicieron carrera. Samuel es filósofo, Francisco es ingeniero, Juan Carlos es mecánico industrial, Sergio fue contador, Martina es psicóloga y David contador.
“Estoy orgulloso de mis hijos, todos me ayudaron en el negocio y algunos que lo desearon hicieron carrera y los que no se dedicaron a las actividades de su elección”, repentinamente sus ojos se cristalizaron y se sentó en su banco.
En menos de dos años murieron sus hijos Sergio al ser atropellado, Alberto en un accidente automovilístico, y Eleonora de lupus, una “enfermedad crónica de erupciones cutáneas que lesiona los órganos internos como consecuencia de una alteración en el funcionamiento del sistema inmunológico”, como se explica en la enciclopedia electrónica Microsoft Encarta 2006.
La recuperada vejez
“Me duele haber perdido a mis hijos, hace tres años que se fueron y apenas estoy resignándome, todo lo que me ha pasado sirvió para fortalecer al hombre que ahora soy, aunque ya no queda nada del “gringo”, sigo sano y trabajando.
En este 2006, don Sam, cumple 30 años en su local de reparación de calzado, en donde se ha ganado el cariño y la admiración de sus clientes por su puntual y eficiente trabajo, y por sus grandes lecciones de vida que ofrece con su sencilla forma de ser a pesar de todos los sufrimientos a lo largo de su vida.
Secó sus lágrimas y dijo: “Dios se llevó a los hijos que más me ayudaban pero me sigue dando la oportunidad de ver a mis 12 nietos crecer, compartir vivencias con mi inseparable esposa, y disfrutar a mi hijo Enrique que todavía vive con nosotros”.
No nació siendo zapatero, lo aprendió por necesidad. Un tiempo lo dejó pero el destino lo llevó a regresar a él. Renegó varios años pero ahora entiende que forma parte de su vida, y si no fuera por ese importante aprendizaje, se hubiera perdido en un vacío inmenso.
Señaló todos los zapatos abandonados por viejos, nos enseñó sus reparaciones y la manera en que trabajan sus máquinas. Extendió sus manos llenas de pegamento, tintas y grietas diciendo:
“Mis manos están desgastadas y más usadas que cualquier zapato que se encuentra aquí, mi espalda está cansada y mis oídos ya no oyen igual a causa de los ruidos que hacen las máquinas, pero a mis 78 años entiendo que crecí siendo zapatero, y me quiero morir realizando mi oficio”.