Por Nancy Betán Santana
La sangre les brotaba de la boca; de ese color carmín que les escurría de los labios hasta los vestidos, igual de rojos que el corazón en pleno latir.
La fuerza exorbitante de sus pies hacia temblar el acero del escenario. Cada tacón acariciaba el aire; lo transformaba en cuchillo y cortaba la brisa del temporal de fines de abril. Casi las cinco de la tarde y el momento se antojaba interminable.
Cuatro mujeres despertaban sus brazos bajo olanes negros que pendían de sus cinturas y dos de los cuatro hombres sabían de pronto, sopesar el silencio con ruidos añejos. Bailaban flamenco; la legendaria fusión de ritmos gitanos y andaluces originada en el sur de España en 1774.
Desplante tras desplante, los antes jóvenes, descubrían su hombría entre braceos desafiantes y el alante grabado de una mujer que con su cante, motivaba más y más golpes en el suelo.
Los bailaores se miraban y despreciaban con fervor y elegancia mutuamente; se entregaban. Eran de hierro y piedra preciosa al mismo tiempo.
Se batían solos a duelo para desvanecer la calma que antes de aquel 29 de abril, reinaba en el estacionamiento número tres del Centro Cultural Universitario.
Los automóviles habían desaparecido para dar cabida a un trozo de España que se volcaba frente a los asistentes, quienes, sin temor a ser tocados por el rocío de los árboles a sus alrededores, observaban afablemente.
Era la presentación por tercer año consecutivo del grupo de flamenco del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, campus Ciudad de México que esta vez compartía la demostración Ida y vuelta.
El día internacional de la danza se cumplía entre voces andaluzas y un público atrapado inevitablemente por la bravura de ocho cuerpos.
Después, una hembra y un macho decidieron adueñarse del tablao. Ella, retaba la masculinidad de su compañero y él en respuesta la tomaba con más fuerza de la cintura y la acompañaba a recorrer el suelo improvisado por medio de giros.
Una mujer se dejaba caer sobre las manos del que era en ese instante, su hombre, y éste la poseía gustoso, muerto por la pasión de un baile más, juntos.
A compás, los dedos masculinos cruzaban de la espalda hasta la cadera y de regreso. Mientras, el resto del grupo en fila jaleaba la ejecución casi perfecta.
El eco del zapateado en conjunto se traslapó en el viento y confirmó el arrojo final.
Cada uno de los espectadores, sin más cantes que oír, regaló los treinta segundos más largos de su atención y vislumbró con uno solo de sus parpadeos, la gracia de las lecciones diarias de flamenco.
Los bailaores sin nombre, regalaron a los extraños otra sensación, abrieron otra puerta: la danza. Por la cual, volvieron a sus dominios tras haber cumplido con su misión.
Fuentes
Ø http://www.red2000.com/spain/flamenco/1index.html
Ø http://www.academiadebailejerez.com/didact02.html
Glosario
A compás.- Cante o baile interpretado, siguiendo fielmente el ritmo o cadencia del estilo correspondiente.
Alante.- El cante que se ejecuta para ser oído.
Bailaor.- Artista que baila flamenco.
Braceos.- Movimientos de baile flamenco ejecutados con los brazos.
Cante.- Cantar ejecutado para acompañar al baile flamenco.
Desplante.- Golpes dados fuertemente con el pie contra el suelo.
Jalear.- Acto de acompañar al cante y al bailaor con palmas o exclamaciones.
Tablao.- Escenario de los bailaores de flamenco.
Zapateado.- Combinación rítmica de sonidos que se efectúa con la punta, el tacón y la punta del pie, quedando la guitarra o el cante en silencio.