Tiene razón el escritor Federico Campbell al decir que nunca más vereos obras como Viaje de un largo día hacia la noche, El camino rojo a Saibaba, El tío Vania, Un hogar sólido, Cuarteto, Las adoraciones, A puerta cerrada, Severa vigilancia, Manuscrito encontrado en Zaragoza, Señora Klein o De la vida de las marionetas, "No las volveremos a ver al menos cómo Ludwik Margules las concibió y realizó". Vaya que tiene razón.
Sin embargo, las anécdotas que rodean el proceso de montaje y representación de éstas puestas en escena pueden ahora conocerse, gracias al texto ensamblado por el crítico teatral Rodolfo Obregón, que recoge las largas sesiones de conversación que sostuvo con el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2003, el director polaco Ludwick Margules, fallecido el pasado 7 de marzo.
Por ello, el libro resulta una especie de testamento de vida y de teatro, pues mientras Margules habla de sus múltiples experiencias al frente de numerosas puestas en escena , es imposible no repasar anécdotas de su condición de judío exiliado, refugiado primero en Rusia y luego en México. Países y culturas de las cuáles, afirma, se alimentó hasta llegar a considerarse "un mestizo perfecto".
Y este mestizo perfecto, que osó a retar al mismísimo Seki Sano, de quien luego fue discípulo en materia de dirección, decidió elegir el teatro como forma de vida. Sin distinción entre lo personal y lo personal. Matrimonio, nacimientos y decesos, siempre de la mano con ensayos y estrenos. Y visceversa.
II.
Creador que en cada una de sus obras hizo una intepretación personalísima del mundo descrito por los dramaturgos abordados, explorando formas, trazos, tonos, tiempos y espacios, hasta llegar al minimalismo, al espacio íntimo, al privilegio de la poesía que conlleva el texto, por medio de la contención corporal y la escasés de elementos escenográficos.
Creador con vida y pensamiento intensos, apasionados, que tuvo su mejor reflejo en las obras que dirigió, de dramaturgia densa, compleja. Basta decir que sus puestas en escena más memorables fueron A puerta cerrada (Sartre), Severa vigilancia (Jean Genet), Ricardo III(Shakespeare), Fiesta de cumpleaños (Harold Pinter), El tío Vania (Chéjov), Querida Lulú (Frank Wedekind), Jacques y su amo (Kundera), Señora Klein (Nicholas Wright), Ante varias esfinges (Ibarguengoitia), Las adoraciones (Juan Tovar), Luz de luna (Pinter), Cuarteto (Heiner Muller) y Los justos (Camus).
Pero entre todos esos títulos, ninguno cobró un sentido tan personal como su desgarradora lectura del texto del autor y cineasta sueco Ingmar Bergman, De la vida de las marionetas. Estrenada en 1983 en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz, de la UNAM, la obra significó para su director "algo así como el retorno a la vida". "
La historia de un hombre que asesina a una prostituta sin motivo aparente, constituyó un fondo que tocaron tanto el director como sus actores, "entrañable elenco y entrañable trabajo que nos transformó a todos". Cuenta Federico Campbell que Fernando Balzaretti, protagonista de la obra, llegó a confesar un apego tal a Peter Egerman, su atormentado personaje, que tras concluir la temporada le sobrevino un "hundimiento emocional insuperable".
La puesta marcó un éxito y una transición no sólamente en el teatro de Ludwick Margules, sino en el teatro mexicano mismo, pues aquí se consolidó su riguroso método de dirección que apostaba por la reducción de espacio, material y movimiento y obligaba al actor a explorar no sólamente la situación de su personaje, sino la propia como actor, como persona. Fuertes procesos que aquí son descritos por su propio creador.
III.
El director dedica largos momentos de la conversación para hablar sobre el trabajo del intérprete, su importancia, las expectativas y el cumplimiento o incumplimiento de éstas. A pesar de ser considerado por algunos miembros de la comunidad teatral como un "tirano" en el trato a sus actores, aquí no caben más que elogios para muchos de sus fieles "súbditos".
No es de extrañar que aquellos considerados como los mejores actores de la escena mexicana, hayan formado parte de uno o varios repartos comandados por él. Conmovedora resulta su admiración por el ya fallecido Augusto Benedico -de quien asegura sólo en su vejez logró el arte y la sensibilidad de la actuación-, por Claudio Obregón, Guillermo Gil, Sergio Bustamante, Sergio Jimenez, Arturo Ríos y Alvaro Guerrero.
Un deleite saber que elevó a Ana Ofelia Murguía al nivel de "Bruja" y que sitúa muy cerca de ella a la gran suicida Mabel Martin, a Julieta Egurrola, Margarita Sanz, Delia Casanova, Rosa María Bianchi, Emma Dib y Laura Almela. Mención aparte merecen los varios momentos que dedica al recuerdo de quien, sin duda, fuera su actor predilecto, Fernando Balzaretti, con quien logró una mancuerna única, que llegó a su cumbre en dos puestas: Jacques y su amo, de Kundera y De la vida de las marionetas, de Bergman. Para Margules y en sí para el teatro mismo, es lamentable su temprana muerte (en 1998 a los 52 años de edad).
IV.
Aunque Rodolfo Obregón cedió completamente la palabra a Margules al redactar el texto en primera persona, como si en vez de platicarlas, el director hubiera escrito directamente sus memorias, el autor siempre está presente en el texto. Sabemos que Margules confió a alguien sus recuerdos, sus anécdotas, su pensamiento, su vida de teatro que es su vida misma.
El trabajo de Obregón es por demás excelente. Enorme contribución a la teoría teatral mexicana y universal. Porque con ese "meztizaje perfecto", con esa unión de culturas en un solo individuo, Ludwick Margules fue y es un hombre que le pertenece al teatro no sólamente mexicano, sino universal.