
CUATRO MOMENTOS PARA NO SER ACTRIZ
Guadalupe Damián Solís (Distrito Federal, 1976), es egresada del Centro Universitario de Teatro (CUT) de la Universidad Nacional Autónoma de México. En el 2003 fue becaria del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA).
Ha participado en varias puestas en escena, en las que destacan Adictos Anónimos, Las musas perversas de Sade, ¿Qué oyes Orestes? y Molier por ella misma, un monólogo que actualmente presenta para grupos de estudiantes en el Teatro Jiménez Rueda.
En las historia de vida de Guadalupe Damián hubo cuatro momentos que bien pudieron haber truncado su vida en el arte, primero en la pintura y después en el teatro. “Yo quería ser pintora, porque mi papá llevaba muchos pinceles a la casa, pero eso me lo frustró una maestra del kinder”, recuerda Damián.
En esa primera experiencia el festejo para las madres exigió, a Guadalupe y los demás niños, elaborar un florero con un frasco. La maestra dibujo unas flores que los alumnos iluminaron con pintura para vitral. “Cuando estaba pintando una flor, chin, se me escurre. Entonces dije, ¡hay que bonita, está llorando! Y empecé a hacer un lloradero de flores, que después era un embarradero de pintura”.
En ese tiempo la actriz tenía cinco años y el regalo para su mamá era una verdadera obra de arte. Lo que había pintado no eran unas flores comunes y corrientes, “eran unas flores que chillaba y luego se convertían en otra cosa”. Pero para la maestra no era así.
“No es una obra de arte es una porquería”
Guadalupe reconstruye la escena. Imita la voz de su profesora de una manera divertida, burlona. Mueve su cabeza, y la coleta castaña y rizada sigue la dirección de sus expresiones. Las manos le ayudan a simular la entrega de un frasco de cristal adornado.
“Cuando piden los trabajos para envolverlos y ponerles el nombre, la maestra los regresa: Karina, aquí está, Salvador, aquí está. De repente toma el mío y dice: ¡De quién es está cosa horrible, espantosa¡... Hay, es de Guadalupe, toma tu porquería. Entonces yo pensé: No es una obra de arte es una porquería, porque ya la maestra lo había dicho”.
Guadalupe Damián curso la educación básica como cualquier otra niña de su edad. Nadie de su familia se dedica a la actuación, “ni al arte, ni a la pintura, ni a nada de eso”. Pero su abuelito siempre tuvo un gusto especial por el cine, los museos y el teatro. Lugares que fueron para la actriz los detonantes de su gusto por las artes.
Damián comenta que fue hace muy poco tiempo que se enteró que su abuelo “de niño tenía su teatrito. Daba función en su escuela y en su casa. Él hizo sus bancas, vendía las entradas y las palomitas. Hacía sus muñecos”.
Junto con su hermana Verónica, la mayor de ella y dos hermanos más: Rogelio y Marisol, montaban espectáculos de baile, canto y actuación. Pero Guadalupe siempre fue la consentida de su abuelo para esos juegos. “Él tocaba la guitarra y yo bailaba. Ya ni nos ponía de acuerdo. Yo andaba jugando a las escondidillas y de repente oía que mi abuelito empezaba a tocar la melodía y yo sabía que tenía que llegar a bailar”.
Guadalupe siempre fue muy penosa, casi no hablaba. “Hasta la fecha soy medio tímida. Yo creo que eso hizo que me gustara la actuación. Porque actuando hago personajes nada que ver con lo que yo soy. Eso me gusta, hacer otra cosa que no me atrevería a hacer en mi vida”.
Suicida de la Torre Latinoamericana
Guadalupe ya no sería pintora, pero el gusto por las artes continuaba. Especialmente por el teatro, del cual tomó talleres desde el primer año de secundaria. Situación que la hizo perder la compañía de las niñas de su edad.
“Es que tú siempre hablas de teatro”, le reclamaron sus compañeras en alguna ocasión. “Pues a quien no le guste oír hablar de teatro, pues que se vayan de aquí. Además yo estaba en mi lugar. Entonces que se levantan todas y que se van. En ese momento asumí que iba a estar sola los tres años de secundaria”.
Pero el segundo momento que le reclamaron a la actriz su amor por el teatro, sucedió años después, cuando en dos ocasiones fue rechazada para estudiar la licenciatura en la Escuela de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes.
Guadalupe consiguió una la cita con el director. La intención era preguntarle qué necesitaba estudiar y trabajar como aspirante para ingresar a la escuela de teatro. El encuentro sería a las tres y media de la tarde, pero el funcionario la atendió hasta las siete de la noche.
“Y salió con su súper cigarro en la mano y dijo: a ver quién es la que se va a aventar de la Torre Latino por no haberse quedado en esta escuela. Quién se va a suicidar”. Me levante y le dije: Yo soy la que pidió la cita con usted”, cuenta Damián.
Ya en la entrevista, el director le preguntó su edad. La entonces aspirante a actriz dijo que tenía 18, pero pronto cumpliría los 19. Con ademanes y voz, Guadalupe retrata el suceso: “No, no, no. Mira, estás muy joven y muy ignorante. Así que vete a vivir. Pregúntale a Normita (su secretaria) sobre los talleres y el año que entra vienes y haces tu examen”. Fue la respuesta fácil de la autoridad.
La decepción borró las imágenes de Guadalupe como estudiante de teatro en el INBA. Mientras bajaba las escaleras del recinto recuerda que pensó: “No vuelvo a regresar a esta escuela. Porque no me gustó el trato. No se me hizo un trato humano. Yo no iba a rogarles que me dejaran entrar”.
Años después el famoso director fue profesor de Guadalupe en el Centro Universitario de Teatro (CUT). Y aunque ella pensaba que no la recordaba, durante un recorrido por las nuevas instalaciones del Centro Nacional de Arte le preguntó: “¿Qué se siente Guadalupe? Y yo, ¿qué maestro? El haber venido a hacer su examen y que no se haya quedado”
Al principio le sorprendió la pregunta, pero después entendió que el profesor no había olvidado aquel primer encuentro tan desagradable para ella. Guadalupe, muy segura de si misma, contestó: “Ah, pues ahora me siento muy bien maestro. Yo creo que mi escuela era el CUT y no aquí. Si, dijo, eso es lo que yo también creo, que tú eras alumna del CUT”.
Después de ser rechazada en el INBA, a Guadalupe Damián le quedaba una posibilidad y media. Hacer el examen al CUT en donde, decían, sólo podían entrar los muy buenos o ir a una escuela rusa que acaba de abrir, que nadie conocía y que el padre de Guadalupe no podía pagar, sobre todo porque era una escuela de actuación.
Cuando apareció la convocatoria para ingresar al CUT, la actriz comenta que pensó: “No pa` que voy. La verdad me daba miedo”. Pero antes de decidir presentase al CUT, hizo el examen en la escuela rusa y lo aprobó. “Salí muy contenta porque me había quedado, auque yo no quería quedarme ahí. Nada más era para saber que sí podía”.
Para ingresar al CUT a estudiar el diplomado en teatro, Guadalupe tuvo que presentarse a una entrevista y después a una audición. Ya que había pasado estas dos pruebas tomó un curso propedéutico de un mes en donde “si llegabas un minuto tarde quedabas fuera. Si no leías un libro que te dejaban, quedabas fuera. Si faltabas una clase quedabas fuera”.
Las clases eran teóricas, practicas y de acondicionamiento físico. La actriz hace un promedio de personas que aceptan en el CUT y comenta: “De 150 que llevaban lo papeles, hacían la audición 70. Se quedaban en el curso propedéutico 25 y terminamos con la oportunidad de estudiar teatro 12, porque la escuela era muy chica”.
“Ya te diste cuenta que no eres buena para eso”
Guadalupe había logrado que la oportunidad de estudiar teatro se presentara. En esta escuela vieron su trabajo durante un mes. Y cuando apareció matriculada definitivamente su papá le dijo: “Pues no. No te voy a dejar ir a esa escuela, porque qué es eso que llegas a las once de la noche”.
Damián recuerda que se lo dijo un lunes, el primer día de clases después del curso propedéutico. Pero la negativa de su padre provenía de años atrás. Desde su primer taller de teatro en la Casa de Cultura de Culhuacán, al que le prohibía ir si no cumplía con las labores del hogar o sacaba malas calificaciones.
En el tiempo que le tomó a la actriz ingresar en una escuela de teatro, su padre siempre le decía: “Ya estudia otra cosa, estudia diseño grafico, porque a él siempre le ha gustado eso. Actuación, ya te diste cuenta que no eres buena para eso”.
Mientras Guadalupe no estuvo en ninguna escuela de teatro, la autoridad del padre hablaba: “Es que eres una burra. Tú no entras a ninguna escuela porque eres una burra y no sirves para eso. Convéncete”. Aunque Guadalupe, hasta ese momento había sido una alumna con el mejor promedio del bachillerato en arte, a su papá no le aprecia así.
Guadalupe recuerda que en abril del 1993, al final del bachillerato, fue reconocida por sus buenas notas. El diploma no lo recogió porque estaba en Cuba, pues había decidido aprovechar parte de las vacaciones de semana santa para tomar un curso de Panorama de la cultura cubana.
Concluyó el primer curso y en julio del mismo año regresó a la isla a tomar otro taller de dirección, corporal y teatro.
“Le dije a mi papá que si me dejaba ir y me dijo: pues si quieres ir ponte a trabajar. Entonces con el grupo de teatro vendimos una función y el dinero cubrió prácticamente la mitad del viaje. Mi papá me dio la otra mitad. Y para el curso de julio me puse a vender tamales”, cuenta la actriz.
Para el viernes de la primera semana de clases de Guadalupe en el CUT, ya no vivía con sus padres. Una compañera de la escuela que venía de Hermosillo buscaba a alguien que compartiera su departamento. Acordaron que Guadalupe pagaría menos de la mitad de los gasto de la estancia. En ese tiempo daba clases de artes plásticas en un jardín de niños.
Géminis con ascendente capricornio y luna en escorpión
La maestra Esther Seligson impregnaba de incienso su salón de clase, se guiaba por el horóscopo y la carta astral de cada uno de sus alumnos. El primer martes de clase de Historia del Teatro que Guadalupe tomó con ella, Seligson pidió que sus alumnos contestaran por escrito cinco preguntas fáciles para cualquier amante del teatro.
Al término de la prueba, los exámenes fueron lanzados al aire y revueltos como en conjuro por su maestra. Guadalupe platica que con ese examen la profesora expuso “que todos estábamos bien mensos. Así hubieran gastado o no nuestros papás para educarnos hasta ese momento”.
Pero la angustia de Damián no había sido por ese detalle, sino porque “esta maestra decidió que yo no tenía por qué estar en el CUT. Porque era géminis con ascendente capricornio y luna en escorpión. Y eso no es favorable”. No le caía bien.
El primer años así fue, el papá ya no era problema, pero ahora la profesora Esther Seligson le había dado la bienvenida a Guadalupe. “Me ponía muy nerviosa porque (la profesora) era una persona que me imponía mucho”.
Guadalupe afirma que siempre ha sido tímida. Lo repite cada vez que tiene oportunidad durante la entrevista. Lo recuerda, se lo recuerda en cada imagen de su vida. Se acomoda el armazón gris de sus lentes y su mirada se esconde como algunos detalles de sus experiencias.
Días después la maestra expondría ante sus alumnos, planeo una presentación en computadora, pero el CUT no contaban los elementos tecnológicos necesarios. Damián platica divertida, cómo por arte de magia la pantalla término cayendo encima de la profesora.
“Se enojó tanto que dijo: me largo de esta escuela. Qué mala organización... y se fue. Y yo me relaje, y pensé: qué bueno que se fue está monstrua. Así pude hacer mi escuela normal”.
Pero la bruja, como la llamaban algunos, regreso cuando Guadalupe cursaba el tercer año. En los primeros encuentros con su profesora, cuando Damián la conoció, recuerda que ella siempre decía: “Es que tu Guadalupe, Salomé y Dora no tienen porque estar aquí, en esta carrera. Y cuando regresó Salomé ni Dora estaban. La única que quedaba era yo”.
Para Guadalupe, el mayor conflicto que tenía su profesora para con ella se debía a su físico. Un aspecto si no exageradamente grande, sí mayor, comparado con el promedio de estatura de sus demás compañeras.
“Por mi físico, muchas personas piensan que soy muy dura. Como que no expreso. Doy miedo. ¡Hay no, está muy grandota y me va a golpear! Es todo lo contrario”. Guadalupe está acostumbrada a ser fuerte, dura, a no expresar muchos sentimientos, pero en el teatro no puede hacer eso.
En el fondo, afirma la actriz, el teatro le a ayudado a cubrir su incapacidad de relacionarme con los demás, De hacer propio su cuerpo, para ella demasiado grande y de logara lo que “como Guadalupe no puedo. En escena no soy yo, soy el que me toque hacer y ahí puedo hacer lo que me digan”.
Al final de la carrera, cuando la actriz se despedía de la profesora Seligson, la maestra le dijo: “Bueno Guadalupe ya por fin me vas a abrazar”.
Por primera vez Damián respondió con valor y confianza: “Mira Esther de voy a decir una cosa, cuando yo entré aquí había dos personas que no querían que yo estudiara y las dos me imponían muchos. Una era mi papá y la otra eras tú. Mi padre me lo dijo un lunes y tú un martes. Yo el viernes ya no vivía en mi casa y lo soluciones con mi papá. Pero a ti se te cayó la pantalla y dijiste: yo ya me voy y nunca lo solucione.
“Y ahí fue cuando me dijo: hay sí Guadalupe, es que tu luna esta en escorpión por eso siempre vas a sufrir mucho. Y le contesté: Hay Esther eso era lo único que te quería decir. Terminó su clase y en la evaluación dijo que los que más habían aprendido éramos José Juan y yo. Y ya. Se fue”.
Ser actriz, la prueba de la vida
Guadalupe asegura que ser actor es muy difícil. Más allá de todas las pruebas que tuvo que superar para estudiar lo que ella desde la adolescencia había decidido. “Mucha gente piensa que ser actor es aprenderse las cosas de memoria y subir a decirlo. Y si supieran que es mucho más complejo que eso”.
Para Damián el teatro debe buscar enseñarle al público, crearle una conciencia. “Con el teatro podríamos aprender mucho”. Situación que exige del actor ser un buen ser humano. Generoso, porque trabaja con las emociones. El actor siempre está analizando, pensando en el otro. Y a ella, el teatro parece ponerla a aprueba en cada instante.
El teatro le ha robado su vida, pero comenta que también le ha ayudado a “ser una persona responsable, critica. Me dio muchas herramientas para poder llevarme por la vida. Me enseñó a ocuparme de las cosas, más que a preocuparme. El teatro es una gran lupa. En cuanto te subes ahí te salen todas tus virtudes y todos tus defectosS si tu no le tienes respeto al teatro, tarde o temprano, el teatro te escupe”.
Como aquel jueves que terminó su matrimonio de nueve meses, cuando descubrió la infidelidad de su pareja y preguntar enojada “de qué se trataba”. Luego apareció la violencia, los jalones y los gritos.
Aunque Guadalupe dice que es mentira que quien se dedica a la actuación, toda su vida se la pasa actuando, ese día fue la excepción. “Para esto me sirvió la actuación. Me sentí tan mal, tan humillada, que pensé: No, que no se me note”.
Guadalupe recuerda que recogió sus pertenencias y acabó con ese matrimonio, al en el que si bien se había casado enamorada, ya se había fragmentado con las diferencia de intereses. La ruptura, en donde la comunicación quedó delegada, como la describe Damián, fue una situación limité que no le desea a nadie.
Ese día por la tarde, siendo la conferenciante de Molier, en Molier por ella Misma, rememora que “las emociones que tenía que manejar durante la escena estaban mas vivas. Porque en mi había una energía muy grande quería salir”. Sobre todo al final de la obra cuando Molier se encuentra en el lecho de muerte y cuenta que Armanda lo engaño muchas veces, pero al final ella salió en busca de un médico que lo atendiera.
Guadalupe platica que “estaba chille y chille, bueno el personaje. Terminé la función y di las gracias. Apenas salir de escena y no me pude mover, me puse a llorar”. Había muerto Molier, pero también el ideal de pareja que había construido desde la infancia.
La valoración de lo que había aprendido con su divorcio vino después. “Me costó terapeuta”, confiesa la actriz y afirma: “Que bueno que me casé con él y que bueno que me divorcié porque aprendí cosas de mí”.
Actualmente la pareja de Guadalupe es un hombre dedicado a la medicina veterinaria. “Que mi doctora dijo; Es que tampoco te va entender”. Pero la actriz delega esa responsabilidad a su manera de amar y la forma que tiene para luchar por sus sueños. Con todo y lo que ella tiene: su cuerpo y ser.
Guadalupe comenta que ahora llega al consultorio de su doctora y le dice: “Hay doctora fíjese que tuve que actuar que yo era bien segura”. Ríe y termina de contar sus recuerdos en donde se burló, con todas sus habilidades histriónicas, de las personas que no dejaban que ella se dedicara a lo que más ama: el teatro.