I
Morelia huele a palomitas de maíz y a nachos que no son nachos sino Doritos nachos. Y se ve como una ciudad en la que pareciera cosa de todos los días a todas horas eso de ir al cine a ver una película.
Así está Morelia esta semana, semana de cine, semana de correrle al Cinépolis del Centro Histórico porque ya va a llegar un director muy famoso y a ver de pasadita a quién vemos en la alfombra roja... claro, y también de pasadita, como que no queriendo la cosa, pues nos chutamos la película, que al fin y el boleto nomás cuesta 20 pesos.
Y ahí viene la gente de Morelia, que mezclada con quienes vienen de varias partes de la República y del mundo, forman un público amplio, interesado por presenciar las propuestas fílmicas que provee el Festival Internacional e Cine de Morelia, éste año en su 4ª edición.
Y al presenciar tales propuestas nadie, o casi nadie sale defraudado. Éste año el festival se distingue por una cuidadosa selección de cintas. Basta decir con que hay una sección dedicada a los filmes proyectados durante la prestigiada Semana de la Crítica, en el Festival de Cannes.
Largos, medianos y cortos. Documentales o de ficción. De directores prestigiados, famosos y mundialmente desconocidos que aquí pretenden y defienden el justo derecho de salir del anonimato que impone la llamada industria a los llamados independientes. Éstos y aquellos, están en Morelia, presentando su película mientras el público despacha sus palomitas de maíz.
II
El sábado 14 se inauguró la 4ª edición del FICM. Para muestra de la calidad de los filmes seleccíonados, un regio botón llamado Quinceañera, proyecto que refleja la visión de dos realizadores, uno inglés y el otro norteamericano, sobre la idiosincracia de los mexicanos radicados en un barrio de Los Ángeles.
Llama la atención la manera en que Wash Westmoreland y Richard Glatzer, los directores, captaron y absorbieron las formas y costumbres del mexicano instalado en suelo gabacho para plasmar un entrañable retrato del mexican-american dream, sin necesidad de que salgan Thalía o Adela Noriega, aunque sí el tema de Timbiriche.
Ya luego han ido y venido filmes de aquí y de allá. De la cinematografía mexicana, tan escasa en éstos tiempos, resulta grato ver que las pocas cintas nacionales han recibido la atenta mirada por parte de público y prensa, aunque su hechura sea de hilos de diversa calidad.
De entre esas cintas, hay que reconocer que el humor negro de Morirse en Domingo, de Daniel Gruener, está espléndidamente bien llevado por estupendos actores (Silverio Palacios, sublime), pero la trama es kilométrica gracias a la intrusión de una situación de crítica política que no viene al caso en la cinta.
También hay que decir que Drama Mex, de Gerado Naranjo, es un filme bizarro. O tal vez lo bizarro radica en que una trama que pretende ser el reflejo de una juventud extraviada, haya conquistado a la Semana de la Crítica de Cannes.
Si bien es cierto que hay frescura en los jóvenes actores y de hecho hay un bien logrado encuentro histriónico entre un primer actor como Fernando Becerril y una novata como Miriana Moro, que sostienen una interesante situación, el resto de la trama tiene un no se qué que no se sabe porqué no convence del todo.
Mencionemos también a una cinta que aún ni siquiera está terminada, pero como los productores son nada menos que los organizadores del FICM (los Hermanos Ramírez, dueños de la cadena Cinépolis), pues se dieron el lujo de presentar un avance de la cinta para que los medios la conozcan y empiecen hablar de ella. Mejor no lo hubieran hecho. Porque empezaremos a hablar.
Es triste que aún haya realizadores que consideren el arte del cine como un mero entretenimiento. Así nomás. Ese es el caso de Antonio Peláez, quien en su ópera prima Cuando las Cosas Suceden construye una historia más cercana a una telenovela con tintes de acción hollywoodense, que pretende exaltar el valor de la familia unida aún en las circunstancias más extremas.
Se diría que hay que esperar a verla completa para entonces hablar con amplitud del tema. Pero lo mejor es cerrar el capítulo, pues con lo visto en los avances es suficiente. Ideal para fans de la muy bella y sencilla(nomás por eso se le perdona que haya llegado una hora tarde a la conferencia de prensa) Jacqueline Bracamontes.
Al salir de una proyección así, a cualquiera le dan ganas de subir la mirada al cielo como para preguntar porqué pasa eso en el cine mexicano.
Pero por fortuna, el cielo se aclara y es entonces cuando viene a la memoria la presentación de una cinta que nos recuerda que, en efecto, talento y compromiso artístico y social hay bastante en los realizadores mexicanos. Sólo les falta dinero y distribuidores.
La cinta se llama El Violín, es la ópera prima de Francisco Vargas y es protagonizada por un hombre que a sus más de 80 años, participa por vez primera en un largometraje de ficción...
Pero como toda buena partitura, El Violín requiere su propio concierto...
Desde Morelia Michoacán (19-10-06)