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Con esta puesta en escena se celebró la adición del nombre "Ignacio Retes", al Teatro Hidalgo
Antes de que lo demás sea silencio
Reseña tardía de "Hamlet", de William Shakespeare, en versión de Juan José Gurrola
Jueves 7 de septiembre de 2006, por Enrique Saavedra
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La presencia de Hamlet, dice el traductor Raúl Falcó, no es la de “un héroe de tragedia al que se le va revelando inexorablemente la predeterminación de su destino, sino la del primer personaje de la dramaturgia occidental que ostenta inteligencia, duda, honor, libre albedrío y que, finalmente... será presa de otro torbellino, acaso peor que el que todos esperábamos.”

Considerando tales características, el creador teatral Juan José Gurrola se permite hacer una traducción personalísima del más famoso texto de William Shakespeare, cuya revisión final pertenece a Falcó, y que, además, se da el lujo de llevar a la escena mexicana.

En su versión, Gurrola nos presenta una Dinamarca más parecida a un basurero que a un reino. De entre la fetidez emergen los personajes de esta tragedia que, en sus manos, cobra dimensiones muy distintas de las que se podrían esperar de un texto clásico, tan mentado pero en realidad poco leído y montado.

Luces lastimeras, vestuarios, maquillajes, muebles, actitudes y palabras que divagan por tiempos y espacios sin terminar de acomodarse en uno determinado. La única certeza es que son éstos los marcos de una historia de venganza, que deviene en una reflexión sobre la existencia humana que prevalece hasta nuestros días.

Porque Hamlet quiere vengar la muerte de su padre. Pero no quiere ni matar ni descubrir al asesino en la primera oportunidad. Desea paladear el plato frío y no quedar como un ambicioso del trono, lo que sí es Claudio, el tío que elimina a su propio hermano para asumir el poder sobre el reino y, de paso, sobre la reina. Sin embargo, lo que en el texto shakesperiano está marcado como una tragedia sombría, con personajes por demás oscuros que guardan intenciones y apariencias por pertenecer a la respetada monarquía danesa, en escena se presenta como una comedia de contrastes; lo que se dice no corresponde con el cómo se dice qué se hace.

Así, desde un principio nos queda claro que el Rey Claudio es un deleznable arribista, pero sorprende que Gertrudis sea impostada como prostituta más por convicción que por imposición, por lo que su presencia, comúnmente gris, cobra matices tan intensos que opacan a los del propio Rey.

Es tal la importancia que aquí recae en Gertrudis, que parece que Ofelia es más un espejo de ésta, aunque en etapa juvenil, cuando se da el lujo de ser una ninfa que ni su voluptuosidad la salva de caer víctima de la estupidez de su padre, de la ambición de los monarcas y del deseo de venganza del objeto de sus amores.

Más que amores, son los deseos e impulsos de sus personajes los que Gurrola no se queda con las ganas de explotar y llevar a diversas expresiones que demuestran que, aún ante un clásico, la ideología y las obsesiones del director están muy presentes, para bien de una lectura renovada, vanguardista, de la obra.

Juan José Gurrola, Premio Nacional de Ciencias y Artes 2004 en el área de Artes Escénicas, lleva a escena un proyecto iniciado cuatro años atrás y del cuál ha asumido, como el artista multidisciplinario que es, las áreas de traducción, escenografía y dirección, enriqueciendo en estas dos últimas a la primera. Porque si el Gurrola traductor propone que los versos del monólogo más famoso de la historia del teatro universal pasen a prosa e inicien con la frase “Ser o no ser, tal es el dilema”, el Gurrola director prefiere que su protagonista enuncie la misma frase, pero con una variante: “Ser o no... Ser, tal es el dilema”.

Por fortuna, el encargado de interpretar esta frase, el monólogo completo y todos los complejos textos encomendados al Príncipe de Dinamarca es Daniel Giménez Cacho, actor reconocido por su convincente desempeño teatral y cinematográfico y que aquí cumple con los matices que su director le ha pedido.

Su Hamlet es un ser tan astuto como atormentado, más que a la melancolía, recurre al festejo. El festejo de sus actos, el deleite de su venganza echada a andar. Hay reflexión en él, pero la ironía se impone, lo cuál lo lleva a desentrañar el texto shakesperiano con naturalidad y precisión.

A su lado, los demás histriones no se salvan de la lúdica lectura que el fundador de Poesía en Voz Alta da a los personajes. Así, el gesto trágico que se espera de la Reina es sustituido por una vulgar sensualidad que permite que la imponente presencia, el acento galo y el grave registro de Nora Manneck queden como anillo al dedo a su muy bien asumida Gertrudis.

La fuerza que ésta cobra llega a opacar al gran antagonista de la obra, el Rey Claudio, el traidor. Enrique Arreola, capaz actor, pudo tener en su aún joven figura, un arma importante para dar otra lectura al personaje, la del hermano menor que se queda con su madura cuñada.

Pero Arreola imposta la voz para dar un Claudio viejo, que contrasta con sus movimientos e ímpetus sexuales. Aún así, su monarca logra instantes de gran vileza, como el monólogo previo a la oración, que es en sí el momento más importante del personaje, en donde se conoce los alcances de su ruin existencia.

Soporte imprescindible de muchas obras teatrales, la presencia en ésta de Farnesio de Bernal es una delicia, pues hace de su Polonio un hombre servil, estúpido, pero a la vez entrañable. En el mismo tenor, pero con dos papeles distintos, está Óscar Yoldi.

Sobre Edwarda Gurrola, quien interpreta a Ofelia, hay que decir que su impostación de ninfa putona es tan bizarra como el mismo papel. Y aunque se ve que en Katia Tirado hay una espléndida actriz, no significa que su Laertes sea del todo convincente; lástima, porque se trata de la contrafigura del propio Hamlet.

Pedro Gurrola incorpora con dignidad al leal Horacio, mientras Andrés Loewe e Ignacio Plá sacan avante a sus metiches cortesanos Rosencrantz y Guildernsten, impostados en bufón.

Hamlet, Príncipe de Dinamarca. Obra compleja, la más grande de la literatura dramática universal, según más de uno, pero que resulta por demás osado llevar a escena, ante la complejidad de las palabras que el bardo inglés compuso y su kilométrica extensión.

Juan José Gurrola osa presentar su muy personal visión sobre este clásico shakesperiano y, aunque sí resulta curioso salir del teatro cuatro horas después de haber entrado, también resulta gratificante asistir a una puesta en escena que, al proponer una lectura vanguardista, obliga al espectador a revisar esta y crear entonces una lectura propia.

Aunque, al hacer lo anterior, quizá tampoco se consiga desentrañar el dilema que propuso Shakespeare y que han retomado no solamente los creadores y espectadores del hecho escénico, sino la humanidad en sí, a lo largo de los tiempos. Y el dilema seguirá, hasta que ésta muera y, como Hamlet, sólo tenga un último aliento para decir que “lo demás es silencio”. Pero antes de este, sigue el dilema.

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